Tiempo de Victoria

Voy a Predicar, ¡Pero me dá Panico! ¿Qué Hago?

Por: Donizetti Barrios

Enviado por: Jorge Hernández

(México)

Qué bueno que todos los predicadores tuvieran esa misma preocupación. Si así fuera, entonces no tendríamos que escuchar tantas y tantas incoherencias, tanta palabrería intrascendente y tantas  imprecisiones doctrinales. ¡Por Dios! Cada persona que se subiera al púlpito debería hacerlo con temor y temblor, como si por alguna insensatez que dijera pudiera caer fuego del cielo y consumirla.

Charles Spurgeon, el célebre predicador inglés del siglo XIX, y a quien se le conoce como "el príncipe de los predicadores", decía a sus alumnos, futuros pastores:

"Es una necedad prodigar palabras y escasear

 verdades. Hermanos, si no sois teólogos,

no sois buenos para nada, como pastores.

Las palabras sirven con demasiada frecuencia

como hojas de higuera para cubrir la ignorancia

del predicador sobre asuntos teológicos."

(Tomado del libro "Discursos a mis estudiantes" de Charles Spurgeon

y editado por la Casa Bautista de Publicaciones)

Sinceramente, los buenos predicadores, los santos hombres de Dios, los respetuosos de la palabra divina, no tienen muchos sermones para predicar, más bien pocos, pero son sermones bien trabajados, bien elaborados, muy corregidos, apegados a la verdad y ungidos. A tal punto se han refinado sus mensajes que ellos los pueden predicar más de 10 veces en un año a diferentes auditorios y siempre Dios se glorifica a través de ellos.

Se dice que el célebre Jonathan Edwards predicó miles de veces su famoso sermón: "Pecadores en manos de un Dios airado", y que cada vez que lo exponía la unción de Dios caía sobre el auditorio y las almas respondían presurosas a la invitación de rendir sus vidas a Cristo. Algunos referían que casi podían sentir el fuego del infierno bajo sus pies mientras estaban escuchando a Edwards.

Tal vez usted no haya sido llamado a predicar sobre el infierno, pues ha tenido otro tipo de llamado, otro tipo de mensaje y otro tipo de ministerio diferente al de Edwards, pero sí podremos aprender en homilética de éste, de Spurgeon y de otros ilustres predicadores, algunas buenas lecciones que le  serán útiles en el arte de la exposición bíblica.

La homilética es el arte de la predicación, y su nombre viene de la palabra "homilía", que era el famoso sermón expositivo que se predicaba en los albores del cristianismo. 

Ahora, haciendo un acróstico con la palabra "homilética", que tiene 10 letras, veamos 10 rápidos consejos que podrán serle muy beneficiosos:

1.  HAMBURGUESAS NO, FILETES SÍ

Propóngase preparar sermones que valgan la pena, comida suculenta, nutritiva, no comida chatarra que puede llenar y engordar, pero no alimentar y dar crecimiento. Un buen mensaje puede quedar imborrable en el corazón de una persona para el resto de su vida, y lo más importante, transformar positivamente su vida para siempre. Y no es que sea nuestra habilidad comunicativa la que hace milagros, no, es la Palabra de Dios la que tiene esa virtud, pero la Palabra de Dios debe ser bien administrada, pues se puede volver inocua. Es como tener una buena medicina, pero aplicársela nocivamente a un paciente.

Eliú Monasterios, Director de Promoción de la Sociedad Bíblica Iberoamericana, dice que el Evangelio de Jesucristo es tan poderoso que a pesar de lo mal que lo exponemos, las almas se salvan.

Entonces, no sirva hamburguesas, sirva filetes.

2.  OPORTUNIDADES NO SON MOTIVOS.

 No piense que por que se le presenta la oportunidad de hablar de un tema entonces ya está preparado para hacerlo. Tener la oportunidad de predicar no es necesariamente un motivo para hacerlo. Se debe hablar lo que Dios dice que se debe hablar. Y Dios nunca le pedirá que haga algo para lo cual Él no lo ha dotado previamente. Por eso, propóngase no hablar nunca de lo que no sabe. Dios no está en la obligación de respaldar nuestras torpezas ni la gente de escuchar nuestras sandeces. Además, no es pecaminoso ni vergonzoso decir que no sabe de algún tema.

Entonces, no haga de cada oportunidad un motivo para predicar de lo que no sabe.

3.  MIRE EL BOTE ANTES DE TIRARSE AL MAR.

Antes de lanzarse a predicar, fíjese en qué tipo de sermón es el que va a predicar. Básicamente hay tres tipos de sermones:

Un buen sermón nos puede tomar uno o varios años prepararlo bien, corregirlo, aumentarle o quitarle. Y cada sermón debemos referirlo a un tema específico, no a varios. Sobre este particular dice Spurgeon:

"No hagáis merito de demasiados pensamientos

en un sermón. Toda la verdad no se puede tratar en

un discurso. En nuestros tiempos se nos exige que

digamos mucho en pocas palabras, pero no demasiado,

ni con demasiada amplificación. Un pensamiento bien

presentado y fijado en la mente sería mucho mejor que cincuenta que se oyeran sin pensar seriamente en ellos.

Un clavo bien dirigido y afirmado, sería más útil que

 veinte fijados negligentemente, y que se pueden sacar

con mucha facilidad".

Antes de predicar ore a Dios pidiéndole que el Espíritu Santo le guíe a seleccionar el tipo de sermón que va a predicar, no deje eso para más adelante, eso es algo que se debe definir antes de seguir.

Entonces, mire el tipo de bote que va a usar antes de lanzarse al mar.

4.  INSISTA EN VIAJAR CON MAPA.

Antes de empezar un viaje es importante contar con un mapa, y teniéndose el mapa se debe ubicar dónde está usted, para dónde va y qué camino va a seguir. En la predicación igualmente siempre se debe contar con una carta de navegación. Y esto nos enseña a ser ordenados, a planificar nuestra exposición.

El apóstol Pablo le aconsejaba al joven pastor Timoteo:

"Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado,

un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que

 traza correctamente la palabra de la verdad."

(2 Timoteo 2:15 Biblia Textual Reina Valera)

Esa palabra "trazar", que en la Biblia Reina Valera 1960 se ha traducido como "usar", es la palabra griega "orthotomeo" cuya traducción exacta debe ser: trazar, manejar acertadamente, cortar recto. "Orthotomeo" viene de las raíces "orthos", que es recto, y "temno", que es cortar.

En otras palabras, si Timoteo quería ser un buen predicador debía trazar bien la ruta de su mensaje, separar un tema de otro, y cortar recto para saber qué iba a decir y qué no iba a decir.

A manera de ejemplo pudiera decir que aunque el versículo antes citado, 2 Timoteo 2:15, se refiere a varios temas (la diligencia, el obrero aprobado, la vergüenza ante Dios, etc.) no por ello me voy a desenfocar del tema tratado, que es la homilética, y dentro del tema de la homilética el subtema de la planificación del sermón, y dentro del subtema de la planificación del sermón el punto de trazar la ruta del mensaje.

Si nos pusiéramos a ver los otros temas que toca el versículo entonces nos desenfocaríamos, perderíamos el foco, el centro, dejaríamos de concentrarnos en el objetivo y apartaríamos la mirada hacia algo diferente, que aunque pudiera ser interesante para otro momento, no lo es ahora. Esto es como en las sanas peleas de los matrimonios, se discute de un sólo tema a la vez.

Con mucha frecuencia se observan predicadores que andan brincando de un tópico a otro según acuden los pensamientos a su mente. Y peor aún, revuelven una doctrina con otra, como es el caso tan frecuente de mezclar la Gracia de Jesucristo con la Ley de Moisés, dos doctrinas que según Juan 1:17 y Romanos 11:6 son como el agua y el aceite.

Sería de mucha ayuda para todo predicador considerar dividir la exposición de su mensaje en tres puntos básicos: la introducción, el cuerpo del mensaje y la conclusión. Veámoslo en detalle:

Debe ser breve y despertar el interés del auditorio, es como un abrebocas. Se puede iniciar con una pregunta, con una anécdota, con un apunte de buen humor, con un testimonio, con una frase célebre, etc.

Hay que ser muy creativo para la forma como se inicia un sermón. Un profesor de homilética decía a sus alumnos que en los primeros cinco minutos de una prédica él sabía si valía la pena quedarse a escuchar o irse. Como regla general es importante que cuide sus primeras diez palabras, ellas son claves, pues, o se gana la atención del público, o se pierde.

Es la parte medular de la exposición. Aquí se debe cuidar de no irse por las ramas, de centrar el rumbo de la nave y llevarla a la velocidad que es legal y de acuerdo al tiempo disponible. Debemos estar enfocados en el tema, no salirnos de él. Cerciorarnos de que la gente está entendiendo, de que a nadie estamos arrullando ni aturdiendo y que todos están comiendo bien, masticando bien y tragando bien. Es muy importante por ello partir el filete en trozos pequeños, que se puedan comer sin que nadie se ahogue, y esto quiere decir que el tema debe ser partido en dos, tres, cuatro o cinco puntos como máximo, para luego ir tratando punto por punto. Demasiados puntos serían muy difíciles de recordar después.

A muchos les cuesta terminar, parece que tuvieran la impresión de que algo les falta por decir y no lo pueden recordar. Amenazan varias veces con la conclusión, pero cuando parece que ya van a aterrizar, entonces se vuelven a elevar. Estos oradores tienen que esperar hasta ver las caras sufrientes de sus oyentes que claman por el final, o ver a algunos impacientes que se levantan y se marchan. Hay que saber cuándo terminar. Poca comida deja con hambre, mucha comida puede enfermar. La conclusión debe ser breve, contundente, firme. No esté anunciando que ya casi va a terminar, sencillamente, termine. Y terminado el mensaje no agregue nada más, sólo dé lugar para que el alimento sea digerido y el Espíritu Santo pueda ministrar a la concurrencia.

Es importante romper con la dañina costumbre de leer un texto bíblico, cerrar la Biblia, y luego lanzarse a navegar en un océano de pensamientos diversos y en el orden en que van llegando a la mente. Hay que ser ordenado, Dios es un Dios de orden. No justifique el desorden diciendo que es culpa del Señor que le trae ideas dispersas a su mente.

Deseche las anécdotas, las historias, los textos bíblicos y todo aquello que pase por su mente pero que no aporta nada al tema. Y ocúpese de predicar siempre usando la Biblia, no permita que las señoras las guarden en sus carteras. En homilética se aconseja que todo tema que usted no pueda sustentar bíblicamente, no vale la pena predicarlo.

Entonces, insista en viajar con mapa, no se vaya a perder.

5.  LA SAZÓN Y LA BUENA MESA SON CLAVES.

No basta con tener un excelente sermón dado por Dios y con el sello de su aprobación y unción. Se requiere que seamos buenos expositores de ese mensaje. Una buena comida, mal sazonada y mal servida, puede dañar el banquete.

La homilética es el arte de la predicación, no la ciencia, y por ser arte entonces requiere de nuestra creatividad, de nuestro ingenio. Es por ello menester que procuremos sonar interesantes, atractivos para el auditorio. Hagamos que "las buenas nuevas" nunca suenen a "malas viejas".

Un bosquejo para el sermón nos proporciona el esqueleto del mismo, pero ese esqueleto debe ser rellenado con músculos, nervios y tendones. Una buena prédica debe estar acompañada de interesantes ilustraciones, tal vez de un testimonio, de una anécdota, de un himno, de un coro, de una frase célebre, etc.

Y hay que cuidarse de no sonar egocéntricos, pues enfocarnos en hablar mucho de nosotros mismos y citar expresiones como "yo", "mi" y "me", pueden resultar muy chocantes. Igualmente se debe procurar que la atención del auditorio no decaiga y que el mensaje no pierda su interés.

Un riego que siempre se correrá será el de querer agradar tanto al auditorio que finalmente les predicaremos para halagar sus oídos y no para satisfacer el mandato del Señor. Y hay que tener presente que es Dios quien siempre dirá qué es lo que se debe predicar, aunque sazonaremos y serviremos la mesa a gusto del auditorio. En otras palabras, se habla lo que Dios dice que se hable, pero se habla como al público le gusta escuchar y como el público puede entender.

Entonces, prepare buena comida, bien sazonada, y sírvala en buena mesa, con elegancia, despertando el apetito.

6.  ENTRETENER NO ES EDIFICAR, PERO LA EDIFICACIÓN DEBE SER ENTRETENIDA

La experiencia nos enseña que hay predicadores muy interesantes, con mensajes sumamente ricos en doctrina, pero terribles en su exposición, anestesian al auditorio, lo duermen con su inamenidad y su falta de dinamismo.

Y hay otros expositores que son bastante agradables, jocosos, dinámicos, imprevisibles, llevan al auditorio desde el extremo de las lágrimas hasta el extremo de la risa contagiosa, pero lastimosamente sus mensajes son comida chatarra, intrascendentes, sin peso doctrinal.

Conviene que pensemos en un punto de equilibrio: predicar mensajes amenos, agradables, dinámicos, y con sustancia, ricos en doctrina, cargados de verdades espirituales, cerciorándose además de que el nombre de Jesucristo sea exaltado y de que sus doctrinas alumbren las mentes de los oyentes

Evite a toda costa dejarse llevar por las modas y las consabidas frases religiosas clichés: "repita conmigo"; "cuántos trajeron sus manos esta mañana"; "dile al que está sentado a tu lado"; "levántate de la silla y sacúdete de toda opresión"; "zapatea fuerte, pisa, pisa al diablo", etc.

Estas costumbres lejos de enriquecer la exposición bíblica y hacerla entusiasta más bien puede perturbar a algunos oyentes y hacer sentir ridículos a otros de sobrios modales.

Tampoco se proponga desesperar a su auditorio con muletillas cada cinco palabras: "y a su nombre..."; "cuántos dice amén"; "entonces Pedro, aleluya, le dijo al Señor, gloria a Dios, sólo tú, bendito sea su nombre, tienes palabras, santo, de vida eterna, bendito".

Cuando vaya a decir un aleluya, o un gloria a Dios, hágalo en el momento oportuno, con un sentido manifiesto, sabiamente, y de todo corazón.

Entonces, aunque su misión es edificar, no entretener, no haga de la edificación algo bien aburrido, póngale vida.

7.  TOQUE OTRAS MELODÍAS, NO SEA REPETITIVO

Es verdad que el tipo de talentos, dones, ministerio, conocimientos y preferencias, lo inclinarán a uno a privilegiar ciertos temas de predicación por sobre otros, pero no por ello debemos someter a la gente a comer siempre lo mismo. Es importante tener una dieta variada y balanceada, no sólo por motivos de  gusto, sino de salud,

La Biblia nos presenta cientos y cientos de temas que pueden ser predicados con objetivos diversos. El Dr. James D. Crane, en su libro "El sermón eficaz", menciona seis propósitos generales:

·El propósito evangelístico (apunta a conversiones)

·El propósito doctrinal (apunta a enseñar doctrina)

·El propósito de devoción (apunta a la adoración total)

·El propósito de consagración (apunta a la dedicación)

·El propósito ético (apunta a la santidad de vida diaria)

·Y el propósito de dar aliento (apunta a fortalecer)

Charles Spurgeon, refiriéndose a las escogencia de los temas a predicar, dice:

"Téngase pues por sentado que todos nosotros

estamos persuadidos de la importancia de predicar

no sólo la verdad, sino la verdad que sea más a propósito

para cada ocasión particular. Debemos esforzarnos

en presentar siempre los asuntos que mejor cuadren

con las necesidades de nuestro pueblo."

Debe evitarse siempre el peligro de aprovechar un sermón para hacer anuncios, para enviar indirectas a una persona, para responder a agravios o lanzar ataques. Si algo hay que informar, debe hacerse en otro momento, y si algo hay que decirle a alguien, entonces es mejor llamarle aparte y decírselo, pero no hacer uso de la prédica para tales fines.

Sobre este particular añade Spurgeon:

"No permitamos que nuestra predicación directa

y fiel degenere en regaños a la congregación.

Algunos llaman al púlpito ´´Castillo de los Cobardes´´,

y tal nombre es muy propio en algunos casos,

especialmente cuando los necios suben a él e insultan

impúdicamente a sus oyentes, exponiendo al escarnio

público sus faltas o flaquezas de carácter."

Un buen predicador debe afinar su oído espiritual para que el Espíritu Santo le guíe en la escogencia de sus mensajes. Además de ello, debe estar atento a las necesidades particulares de su auditorio, pues así sabrá cuál es la dieta más recomendable en materia de comida espiritual.

Una dama decía con humor acerca de su pastor: "En semana es invisible, y el domingo... incomprensible". Otra señora hacía también su aporte jocoso y refería sobre el ir a consejería con su pastor: "Es como exponer su asunto en público, pues su caso será usado como ilustración en el próximo sermón".

Entonces, ni fastidie ni desnutra a su auditorio sirviendo la misma comida de siempre. La Biblia es como un arpa con mil cuerdas, de modo que hágase un favor a usted mismo y tenga compasión de sus oyentes, anímese a tocar otras melodías, no sea tan repetitivo.

8.  INTENTE SER UN HUMANO, NO UN EXTRATERRESTRE

Es aceptable que el pararse frente a un público para hablar media hora como vocero de Dios nos imponga un cierto temor reverente, pero no por ello debemos dar lugar ni al pánico ni a la excesiva confianza.

El pánico nos amarrará de pies y manos y nos tapará la  boca. Nos hará unos torpes sin remedio. Derramaremos el vaso de agua sobre nuestras notas, nos tropezaremos con el cable del micrófono, se nos borrarán los versículos de la Biblia y se nos aflautará la voz. Y para rematar, el auditorio se sentirá más incómodo que nosotros mismos viéndonos en ese sufrimiento.

La excesiva confianza nos podrá llevar a extremos como la pedantería, la comicidad, el irrespeto, el desorden o inelegancia.

El temor de predicar las primeras veces es normal, pues el enfrentar una experiencia nueva y el sentir la responsabilidad de no defraudar ni a Dios ni a la concurrencia pesa bastante.

Pero definitivamente, lo que más pesa sobre nuestros hombros es el egocentrismo, la concentración en nosotros mismos. Preocuparme tanto por mi voz, por mi expresión, por mis movimientos, por mi vestuario, por mi peinado, por mi.. y mi... y mi... me tensiona demasiado.

Debo relajarme y enfocar mi atención primeramente en Dios, para tener plena conciencia de que él me está usando como canal de comunicación con el auditorio. Y en segundo lugar, debo enfocarme en el público, quien me está mirando, no tanto para evaluarme, sino para recibir el pan espiritual que Dios les quiere dar y que ellos necesitan para no morir de hambre.

Es un acto egoísta ver a tantas ovejas hambrientas esperando recibir comida de nuestra mano y nosotros estar sosteniendo un espejo con esa misma mano para ver cómo está nuestra apariencia. Quitemos la mirada de nosotros mismos y miremos al Dios de las ovejas y  a las ovejas de Dios.

Por supuesto que después, con cabeza fría y tranquilidad suficiente, habrá un tiempo para evaluar nuestro sermón, para corregirnos, ayudados por un casete de audio o un videocasete, para recibir comentarios y para disponernos con toda humildad a mejorar cada vez más. La perfección nos tomará toda la vida, la mediocridad sólo unas horas.

Conviene aquí recomendar que bajo ningún punto de vista se le ocurra imitar a otros predicadores, así sean muy buenos o de su completa admiración. A Dios no le gustan las fotocopias. Dios lo hizo a usted único, irrepetible.

Es aceptable que usted vea a otros como un ejemplo, pero no como moldes. Usted es usted. Usted es único. No hay en el mundo otra persona como usted. Y por favor, cuando predique... ¡sea usted mismo!

Hay algunos que en el trayecto entre su asiento y el púlpito parecieran sufrir una metamorfosis: les cambia la voz, el caminado, los modales, el acento y los movimientos. El público no puede más que quedar perplejo observando a un hombre completamente diferente del que saludaron a la entrada.

No es conveniente darse esas ínfulas de espiritualidad, ni de aparentar ser un ángel descendido del cielo, ni pretender haber caído bajo un misterioso estado de unción. La gente deberá ver en el predicador un ser humano igual a ellos, con las mismas necesidades y debilidades de los otros seres humanos, no un extraterrestre.

Cuando el apóstol Pablo le aconsejó a los corintios mantener el orden en sus reuniones lo hizo pensando en que debían ser muy espirituales, pero no por ello desordenados o extravagantes, pues la gente nueva podría pensar que ellos eran unos locos.

El verdadero evangelio de Jesucristo, presentado inteligentemente y bajo la dirección del Espíritu Santo, impacta. Pero una caricatura del mismo causa burla y ahuyenta para siempre.

Si, pues toda la iglesia se reúne, y todos hablan

en lenguas, y entraran indoctos o incrédulos,

¿No dirán que estáis locos?

Y los espíritus de los profetas están sujetos

a los profetas, porque Dios no es de desorden,

sino de paz, como en todas las iglesias de los santos.

Pero hágase todo decentemente y con orden.

(1 Corintios 14:23, 32, 33, 40 Biblia Textual Reina Valera)

¿Se puede usted imaginar a Jesús predicando en las riberas del Mar de Galilea y dando saltos intempestivos de una barca a otra por que el Espíritu Santo estaba sobre él?

¿O tal vez revoleando su manto de oración para que la gente cayera a tierra mientras él vociferaba su mensaje?

¿O será posible que lo imaginemos sacudiendo por los hombros a la mujer samaritana mientras le gritaba a escasos centímetros de su rostro que se arrepintiera por que ella era una adúltera miserable?

¿O tal vez cayéndole a puños al endemoniado gadareno para que la legión de demonios pudiera salir de él mientras le gritaba fuera, fuera, fuera?

Por supuesto que eso no cabe en la cabeza de nadie. Como tampoco cabe en la cabeza de nadie que el apóstol Pablo, quien tenía encuentros con seres angelicales, quien hablaba en lenguas más que cualquiera, y quien recibía revelaciones fabulosas y hasta fue raptado al tercer cielo, se pusiera en una reunión a hacer alarde de su espiritualidad y de su unción.

La poderosa unción del apóstol Pablo nunca fue una excusa para que el se volviera un "show-man" o asumiera conductas extravagantes. Él mismo le enseñó a los corintios que el espíritu del profeta está sujeto al profeta, de manera que no había disculpas para que alguien perdiera la cordura y luego dijera que había sido la unción la que lo había puesto fuera de control.

Acerca de la manera como se comportaba el apóstol Pablo en sus predicaciones la Biblia nos da algunas pistas:

"¿Entonces, qué? Oraré con el espíritu, pero oraré

también con el entendimiento; cantaré con el

espíritu, pero cantaré también con el entendimiento.

Pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para instruir a otros..."

(1 Corintios 14:15,19 Biblia Textual Reina Valera)

Y sobre su apariencia y predicación Pablo refiere lo que otros comentaban sobre él:

"Pues las cartas, dicen, son pesadas y fuertes;

 mas la presencia del cuerpo, débil, y

la palabra menospreciable.

(2 Corintios 10:10 Biblia Textual Reina Valera)

Y la opinión del apóstol sobre él mismo es:

"Que aunque sea tosco en la expresión,

no lo soy en el conocimiento."

(2 Corintios 11:6a Biblia Textual Reina Valera)

Nadie puede predecir exactamente cómo se va a mover el Espíritu Santo en una reunión, pero sí se puede ejercer un saludable control del mover del Espíritu Santo para que éste no sea contristado, para que su poder siga fluyendo y para que la iglesia del Señor no sea confundida con un manicomio. El espíritu del profeta está sujeto al profeta.

Y aunque para algunos la presencia física del apóstol Pablo era débil y su mensaje sobre Cristo parecía sencillo, no por ello sus sermones dejaban de ser poderosos, pues eran prédicas con erudición doctrinal y unción.

Sobre el aspecto del manejo de la voz al predicar, Spurgeon aconsejaba así a sus alumnos:

"No se debe permitir que ocupe el púlpito a un hombre

que no tenga una elocución natural y libre...

Podéis ir a todas partes, a templos o a capillas,

 y encontraréis que casi todos nuestros predicadores

 tienen un tono santo para los domingos.

Tienen una voz para la sala y el dormitorio,

y otra muy distinta para el púlpito...

Muchos hombres al subir al púlpito, se despojan

 de toda su personalidad, y se hacen tan rutineros

como el bedel de la parroquia...

Que cada hombre tiene su propio modo de hablar,

 y que habla de la misma manera fuera del

púlpito, que dentro de él....

Evitad una cantidad exagerada de sonidos altos.

No hagáis doler a vuestros oyentes la cabeza,

 cuando lo conveniente sería hacer que les doliera

 el corazón... Observad cuidadosamente la costumbre

 de variar la fuerza de vuestra voz...

Lo que se necesita no es golpear el piano,

sino tocar diestramente las debidas teclas.

Estaréis por consiguiente en entera libertad para

bajar la voz con frecuencia, y así daréis descanso

 al oído de vuestro auditorio, como a

vuestros propios pulmones."

El conocimiento y la unción de Dios no vienen sobre usted para que parezca un ser de otro mundo, sino para que sea un simple vaso de barro al que Dios se digna usar por su gracia.

Entonces, cuando vaya a predicar, cerciórese de parecer un ser humano con el que la gente se pueda identificar, no un extraterrestre.

9. CONSUMIDO POR EL FUEGO, ASÍ SE PREDICA

 Este será el punto más corto de todos, pues la enseñanza es breve y contundente, no hay que explicarla mucho.

Debe predicar no el que quiere predicar o puede predicar, sino el que Dios llamó a predicar. Y si Dios lo llamó, tranquilo, cuando Dios llama, Dios capacita y unge.

¿Cómo saber si Dios me llamó a predicar? Hay muchas formas de saberlo, pero la mejor manera es sintiendo que si no predica, se muere. El fuego que Dios pondrá en su espíritu por hablar su palabra será tan fuerte que sino habla, se muere. Las ocasiones, circunstancias y lugares... llegarán en su momento, ¡tranquilo!

10.  AMÁRRESE LA LENGUA

La boca del predicador debe ser como un horno encendido, abrirse poco para que el fuego no se pierda. Si hablar bien es una virtud, aprender a callar también lo es. Aún los melómanos más consumados necesitan apagar sus estéreos en algunos momentos para poder escuchar la dulce melodía del silencio.

El libro de Proverbios en la Biblia está lleno de consejos sobre el hablar poco, sobre el saber callar, sobre el no pecar siendo un deslenguado:

"En las muchas palabras no falta pecado; Mas el que refrena sus labios es prudente... Aún el necio, cuando calla, es contado por sabio; El que cierra sus labios es entendido."

(Proverbios 10:19; 17:28 Biblia Reina Valera 1960)

Quién dijo que la espiritualidad de un mensaje se mide por el tiempo de duración. A aquellos que les gusta abusar del tiempo de sus oyentes, con frecuencia se excusan diciendo que el Espíritu Santo se estaba moviendo y que no podía ser frenado.

Valdría la pena que quienes se escudan de esta manera escucharan las grabaciones de sus mensajes, luego los transcribieran, los editaran y los pasaran en limpio. Notarían entonces que la lectura en voz alta de esos sermones ya corregidos duraría una cuarta parte de lo que duró originalmente.

"¡Ah!, pero nadie habla como escribe", dirán algunos. Es verdad, y por ello son muchos los predicadores que escriben sus sermones y luego los leen con tal naturalidad que parecen improvisándolos.

"Pero los que leen sus sermones son los predicadores de iglesias dormidas y sus mensajes no tienen unción", podrán argüir otros, pero tal opinión carece de fundamento, pues grandes predicadores de todos los tiempos han tenido la costumbre de verter sus mensajes en el papel y luego comunicarlos a la concurrencia. Aún el reconocido pastor pentecostal de origen surcoreano David Cho tiene ese método.

De todas maneras, aunque usted se resista a escribir sus sermones y luego leerlos, de lo cual me hago partidario, no por ello debe ser desordenado, abusar del tiempo de sus oyentes y luego inculpar al Espíritu Santo por sus fallas.

Vale más predicar 20 minutos un mensaje lleno del poder del Espíritu Santo, que mortificar a un auditorio con un discurso de dos horas. Intente usted sentarse durante media hora en una silla mirando fijamente un cuadro en la pared. No se mueva mucho, no hable, no tosa, no cruce las piernas y no se duerma.

¿Entiende ahora cómo se siente una persona que viene por su propia voluntad a escucharle, tal vez llegando desde muy lejos, invirtiendo tiempo y dinero, sólo para prestarle toda su atención mientras permanece sentado, callado y casi inmóvil?

Crea que cuando Pablo dijo en 2 Timoteo 4:3 que vendría tiempo cuando las personas no sufrirían la sana doctrina, no se estaba refiriendo precisamente al suplicio al que muchos predicadores someten a sus oyentes, sino al vigilar la sana doctrina.

De veras que hay muchos cristianos respetuosos y hasta estoicos en sus sufrimientos, pues son pocos los hombres y mujeres que preciándose de espirituales toman sus niños, sus Biblias, sus carteras, se levantan y se van a mitad de una predicación. Aunque si lo hicieran habría que entenderlos compasivamente.

No se crea el mito de que un sermón ungido debe ser largo. Pudiera serlo, por supuesto, pero como un hecho extraordinario, no ordinario,  y aún a riesgo de que uno de sus oyentes se pueda dormir y caer por una ventana y morir, como le sucedió a Pablo en Hechos 20:7-12.

En esa ocasión el apóstol predicó desde la reunión del domingo hasta el alba del lunes, pero a medianoche debió interrumpir el sermón para resucitar a uno de sus oyentes, a Eutico, y para comer el pan. Además, esa ocasión era sumamente especial, fue una reunión que se convirtió en vigilia, pues tal vez sería la última oportunidad en que los de Troas verían, escucharían y abrazarían a Pablo, su padre espiritual.

Aprenda de las buenas orquestas. Después de una magistral intervención no se sigue nada, sólo el silencio. Ese es un momento en que ningún instrumento se puede escuchar. Aún los violines se bajan suavemente del hombro para que no tropiecen con el atril, pues lo que se sigue es el veredicto del público, su aplauso o su silencio.

En el caso del predicador no hay veredicto de aplauso, lo que se sigue corre por cuenta del Espíritu Santo, y eso no siempre se ve en el mismo momento.

Hay sermones que dan su fruto en el acto. Otros durante la semana. Y otros, varios años después. Y el fruto es uno de gran calidad, que produce cambios en las vidas de las personas. Son sermones que penetraron al corazón de los oyentes, modificaron sus formas de pensar y cambiaron sus estilos de vida.

Son muchas las reuniones cristianas donde la gente llora, ríe, cae al suelo, habla en lenguas, profetiza y vive toda clase de experiencias carismáticas, extáticas, pero media hora después salen de esas mismas reuniones para seguir viviendo vidas iguales o peores.

Muy acertada resulta en esos casos la canción "Cristianos" del cantautor español Marcos Vidal:

"¿Qué te pasa iglesia amada que no reaccionas, sólo a veces te emocionas y no acabas de cambiar?"

Es importante entonces para ser un buen pescador, pensar como pez. Y para ser un buen predicador, pensar como oyente.

Póngase en los zapatos de los demás. Hable poco y hable bien. Aprenda a cerrar la boca, y en casos extremos, refrénese mordiéndose la lengua, pues es mejor que le duela dentro de la boca y no que torture a los demás por fuera de ella.

Pero el saber callar no sólo tiene que ver con la duración de los sermones, sino también con la frecuencia de ellos. Es importante que aprenda cuándo predicar y cuándo escuchar. Cuándo hablar y cuando callar.

Nunca se crea la falacia de que es un sabelotodo y un predicador estrella, un hombre al que la gente espera expectante que abra su boca para sentarse a escucharlo. Desista de su intención de ser aclamado en muchos países y solicitado en muchos púlpitos. Entienda que usted no se las sabe todas, y que sólo habla lo que Dios dice que hable.

No se deje tentar por un éxito pasajero. Cuando un auditorio ha escuchado un buen sermón siempre pide más, pero hay que saber cuando callar.

Por muy solicitado que se esté hay que ser prudente con las invitaciones, pues por culpa de una agenda congestionada podemos servir comida de mala calidad y mal preparada.

La gente que un día fue bendecida con un sermón nuestro no se alcanza ni a imaginar que dicha exposición bíblica se hizo posible gracias al fruto de años de estudio, de oración constante, de experiencias propias y ajenas y de decenas de veces que ese mismo mensaje se ha expuesto en público y en privado hasta irlo mejorando. Las personas tal vez puedan pensar que somos una especie rara que en cuestión de horas podemos preparar otro sermón tan bueno o mejor que el primero.

Hay que callar cuando Dios dice que hay que callar y hay que hablar cuando Dios dice que hay que hablar.  Permita que sea Dios quien le use, no pretenda usted usar a Dios. Deje que el Señor ponga sus palabras en su boca. El mismo Espíritu Santo que está obrando en usted para que hable, es el mismo Espíritu Santo que está obrando en el oyente para que escuche.

Usted haga su parte y deje que el Espíritu Santo haga la suya. Sabido es que el Espíritu Santo hará su parte muy bien, de modo que asegúrese de hacer la suya de igual manera, ¿cómo? Hablando la verdad, con conocimiento, con una excelente preparación, con respeto por el mensaje, con respeto por la audiencia, con convicción, con autoridad, con sabiduría, con creatividad y con mucho amor, y esto sólo se pueda lograr habiendo sido llamado por Dios y contando con la guía del Espíritu Santo.

Resumamos el acróstico hecho con la palabra "homilética" y el cual contiene 10 rápidos consejos para ser un buen predicador:

1. Hamburguesas no, filetes sí.

2. Oportunidades no son motivos.

3. Mire el bote antes de tirarse al mar.

4. Insista en viajar con mapa.

5. La sazón y la buena mesa son claves.

6. Entretener no es edificar, pero la edificación debe ser entretenida.

7. Toque otras melodías, no sea repetitivo.

8. Intente ser un humano, no un extraterrestre.

9. Consumido por el fuego, así se predica.

10. Amárrese la lengua.

Donizetti Barrios.

<>< <>< <><



Principal | Palabra del Día | Quienes Somos | Libro de Visitas | Contacto | Aviso Legal
Crecimiento | Estrategia | Ayuda | Colaboraciones | Producciones | Palabra Confirmada | Libros
www.tiempodevictoria.com.ar | 2002-2014