Tiempo de Victoria

La Sombra de Sardis

Sardis es una de las siete iglesias a las cuales se les escribe para puntualizarle hechos que tienen que ver con lo que Dios pretende de cada una. Y no es casual que sean siete. Siete es el número de lo completo, de lo ideal, el número divino, número de Dios. Y su significado, - ya lo hemos visto en aquello de perdonar setenta veces siete -, no habla de numerología precisamente, sino del ideal, de lo completo. Siete, es algo así como “Todo lo que sea necesario”. A estas pinturas eclesiásticas, entonces, deberá vérselas en el contexto de lo que realmente implican. No como la historia de UNA iglesia determinada, como muchos han querido estudiarlo, sino como símbolo y tipología de toda la Iglesia global, única y verdadera que Dios ve desde su sitial. En Sardis, aquí, entonces, usted podrá encontrar lo que quizás esté viendo en muchas contemporáneas, y el mensaje que a ella se le da, deberá servir para reacomodar, reformar y cambiar lo que sea necesario de la actual.

(Apocalipsis 3: 1-6)= Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: el que tiene los siete Espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice esto: yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto. Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti.

Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas.

El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi padre, y delante de sus ángeles.

El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

En sus cartas a otras iglesias, en este mismo libro del Apocalipsis, el Señor siempre empieza con palabras de aprobación y luego da a conocer sus quejas. Con Sardis, la cosa se invierte y, es obvio, cuesta hallar algo para aprobar.

Les dice que habla El que tiene los Siete Espíritus de Dios y las siete estrellas. Esto habla de dos plenitudes notorias en la persona de Jesucristo: la del poder y la de la sabiduría. Él pone a disposición de la iglesia, que siempre está incompleta, estas dos facultades divinas.

Su queja es sorprendente y terrible. Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives y estás muerto. Note que en las otras cartas, este Yo conozco, está lleno de ternura y consolación, pero aquí es casi una clarinetada de terror.

LA iglesia de Sardis no carecía de obras. En realidad, tenía tantas que merecía, - aparentemente -, tener nombre de que vive. Sus organizaciones deben haber sido correctas y completas, y sus leyes eclesiásticas regularmente observadas. Se reunían para la adoración, sistemáticamente, el primer día de cada semana; contribuían efectivamente para las necesidades de la obra. El Tienes obras de que vives, significa que no falta nada en la manifestación externa.

Sin embargo, Cristo agrega: Y estás muerto. Es evidente que Él no encuentra nada en esta iglesia que satisfaga su corazón. Para Él, los andamios no tienen valor si la construcción del edificio no progresa. La blancura inmaculada y aséptica de la sepultura no lo atrae, si adentro no hay más que huesos muertos. Él busca siempre lo interior, y lo exterior siempre y cuando exprese lo interior, no por sí mismo, por la belleza, corrección u orden de su aspecto.

El partimiento del pan no tiene valor salvo cuando existe una nutrición espiritual de Él mismo. La adoración no tiene valor salvo que a través de lo externo, el alma, entre verdaderamente en comunión con Él. Es que las dádivas no son aceptables cuando son motivadas sólo por el deber. Tienen que estar motivadas por la adoración real o no significan nada más que una expresión externa.

Estas muerto. Todas nuestras congregaciones, hoy día, adornan sus plataformas con flores o plantas. La diferencia, es: ¿Son verdaderas como los hermosos jardines edénicos de Dios o son de material plástico? Entienda por favor y no se espante: no es una censura o una crítica a las flores de plástico, es algo mucho más profundo si puede verlo...

La forma varonil también podría estar, y las vestimentas con las cuales las formas se visten, podrían ser esplendorosas, y todo su oropel hablar de realeza, pero sin embargo, el cuerpo permanecer aborrecible para Cristo, porque el ojo no tiene brillo, los brazos carecen de fuerza, el corazón no late, la muerte reina y la corrupción está en su apogeo.

Esto parece difícil de entender, pero la explicación la encontramos en las palabras que luego pronuncia el Señor. Porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Es decir: prometía mucho, pero no había resultados. Me pregunto: ¿No habría oración? ¿No habría cánticos? ¿No habría ofrendas? Estoy convencido que orar, se oraba, regular y sistemáticamente; que la música debe haber sido del mejor nivel y las ofrendas puntuales y acordes a la magnitud congregacional. Sólo que había un problema: Nada de esto llegaba al Lugar Santo.

Muchas comisiones, muchas reuniones, mucha charla, diálogo y consenso para hacer muchas cosas. Pero nada terminado, nada consumado; toda formalidad externa, ceremonia, organización. Sin embargo, la que seguía remando y progresando, era la muerte.

Si el himno es simplemente una expresión musical de sentido placentero, no hay adoración en él. Pero si con ese himno nuestros espíritus se remontan al Lugar Santísimo, entonces ese canto es consumado delante de Dios. Y lo mismo con la oración y la ofrenda. No importan cuán lindas palabras o cuán grande suma de dinero esté presente en lo externo. Lo que importa es que la intención del corazón las acompaña.

En la iglesia de Sardis había planes, proyectos, programas, pero nada consumado delante de Dios, no había crecimiento hacia la semejanza de Cristo, no se ampliaba la iglesia a través de la propagación de la vida en Cristo, no había compasión por las almas, no había comunión con los sufrimientos de Cristo. Había muchas cosas cumplidas delante de los hombres; realmente la iglesia había llegado al punto en que vivía más bien delante de los hombres que delante de Dios, estando probablemente más ansiosa de su reputación en Sardis que por su reputación en el cielo; deseando más la buena opinión de las iglesias vecinas, que la aprobación de la cabeza de la iglesia. Tienes nombre, todo lo que satisface el anhelo de reputación, Y estás muerto, nada que pueda alegrar el corazón de Dios.

Afirma las cosas que aún quedan, dice. Ahora, si la iglesia está muerta, ¿Qué cosas quedaban? Las cosas no consumadas, las mismas formas y ceremonias que habían dado a la iglesia el nombre de que vivía. Cristo no sugirió que ellos dejaran a un lado las cosas externas, sino que las consumaran. No debían dejar de reunirse para la adoración, pero debían adorar. Debían continuar enviando su ayuda, y darle sus dádivas, pero éstas debían ser la expresión de su devoción al Señor, y no el precio que pagaban para obtener la buena opinión de los demás. Las formas no eran malas. Sí necesitaban estar llenas de poder. Los huesos secos eran necesarios, pero necesitaban ser vestidos de carne, y ser animados desde adentro con vida. LA organización no tiene que ser descuidada, pero debe actuar en el poder de una fuerza vital.

No hay, creo, otra interpretación de esta expresión: Las cosas que aún quedan. Él no puede referirse a la débil vida que necesitaba revivir, pues dice claramente: Estás muerto. Esta parte del mensaje no es para los pocos en Sardis, porque para ellos, - ya lo vamos a ver -, tiene una palabra especial. Con muchísima ternura y gracia Él reconoce los símbolos externos, las cosas no consumadas, las mismas formas y ceremonias que han sido terrenales, y dice: Refuérzalos, corrobóralos, llénalos hasta la plenitud. No te satisfagas más con cosas externas.

Es imperioso saber que Cristo no está en contra de los ritos, las formas o las ceremonias. Es más: le interesan hasta un punto: que sean el auténtico reflejo de lo que se vive y se siente, no meras expresiones tradicionales o costumbristas. Él permite todo esto siempre y cuando sean la expresión de las verdades profundas de la vida, pero las odia cuando llegan a ser la mortaja que envuelve la muerte.

Ningún hombre puede vivir mucho tiempo sobre la base de rituales. Cuántas veces la iglesia ha tenido pruebas de ello. De pronto vemos un bosque formado por fuertes y magníficos árboles. Entre ellos, hay uno que por su aspecto, su altura, su fronda y su imponencia, sobresale. Es el rey del bosque, el que se destaca, el que a nadie que pase a su lado puede ignorar, el que buscan todos para cobijarse o para buscar frutos. Pero un día viene una tormenta. Cuando pasa, la sorpresa: el bosque está intacto, como si nada hubiera ocurrido, pero ese, el mejor, el más grande y hermoso, el más bello, fuerte y espectacular, está allí, caído, desguazado, destruido.

¿Cómo puede ser? Viéndolo de cerca lo sabemos. Ese tronco majestuoso, sólido, imponente, por dentro está podrido. Sufrió un proceso interno, gradual, paulatino e inexorable que desde afuera no se veía. Sólo necesitaba una tormenta para caer. Cuando la tormenta llega, el árbol cae. Así también con la iglesia. Cuando las fuerzas internas de la vida han menguado, hasta llegar a convertirse en una organización convencional, está pronta a morir, a perecer. A los ojos de Cristo ya está muerta, pero Aun tiene nombre de que vive.

Como un incentivo a la obediencia, el Señor pronuncia una amonestación solemne. Si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti. Cuando las cosas sagradas pierden poder, las cosas preciosas pierden su bendición. Cuando muere la fe, la esperanza desaparece.

Porque he aquí, viene el día ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen maldad serán estopa; aquel día que vendrá los abrasará, ha dicho Jehová de los ejércitos, y no les dejará ni raíz ni rama... Qué anuncio terrible, no? Pero escuche, porque el profeta sigue: Más a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el sol de justicia, y en sus alas traerá salvación; y saldréis y saltaréis como becerros de la manada. ¡Qué contraste! De un lado un día de fuego y destrucción. Del otro lado el sol levantándose con salud eterna en su luz. ¿Será que son dos distintos advenimientos? No. La distinción es creada por la condición de las personas en la aurora de ese día.

La clave está, - en este caso -, en el sol. El sol tiene dos efectos. Quema la tierra reseca hasta tornarla en una brasa. Una planta, en esa tierra, sin agua, se muere irremediablemente por el efecto del calor; pero si un árbol es plantado junto a arroyos de agua, cuyas raíces descienden hasta asirse de las fuentes de la vida, el sol será un mensajero de salud, de crecimiento y de progreso.

Y así es con respecto al anuncio de la segunda venida. Y la actitud de la iglesia hacia esa doctrina es siempre una revelación de la condición espiritual de la iglesia; y la actitud de cada alma frente al retorno del Señor es siempre una revelación de la condición del alma ante Dios. Si tengo nombre de que vivo pero estoy muerto, el anuncio Yo vendré, traerá un pensamiento de terror. Pero si tengo vida, amor y lealtad, la promesa de su venida es la promesa de la aurora.

Esta es una prueba escudriñadora de nuestra condición personal. Si cuando oímos hablar de la venida del señor Jesús es como una música para nuestras almas, entonces nuestra obra es perfecta delante de Dios. De lo contrario, si la mención de la posibilidad de su venida crea en nosotros el deseo de postergar esa llegada, es porque nuestra relación hacia Él es más aparente que vital.

Este anuncio de su venida da fuerza a la palabra: Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Si la iglesia oye su amonestación, y se arrepiente, y vigila, y corrobora las cosas que aún quedan, la promesa de su venida no traerá terror, sino que será un verdadero evangelio de esperanza. Pero si la iglesia mora en el formalismo, teniendo un nombre, pero faltándole vida, entonces la declaración de que Él vendrá sólo producirá temor.

El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mí Padre, y delante de sus ángeles. El hombre que vence es aquel que recuerda y se arrepiente. A esos Él les promete el atavío final: Será vestido de vestiduras blancas, y cuando finalmente se pase lista, su nombre figurará. Usted puede discutir todo lo que quiera con relación a si la salvación se pierde o no se pierde, (Hay divisiones denominacionales por estas diferencias doctrinales) pero aquí hay una cosa visible: Hay un libro de la vida, en los cielos, donde su nombre está inscripto, pero por alguna causa, Dios podría llegar borrarlo. Encaje esto en su doctrina como mejor le guste, yo sólo leo la Biblia.

Y no borraré su nombre del libro de la vida y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles. El atavío en vestimenta blanca simboliza, no la pureza de Cristo, sino la manifestación de las obras de los santos, obras purificadas por Cristo y reveladas en la luz de la casa del Padre; y el nombre de los tales, será confesado por Cristo en presencia de su Padre y de los ángeles.

Después tenemos también la tierna aprobación casi en un paréntesis, no pronunciada para toda la iglesia como descripción de ella, sino para los que no han pasado bajo la condenación. Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas. En medio del formalismo de los muchos, había unos pocos quienes vivían y sus obras eran perfectas delante de Dios, quienes no mancharon sus ropas, y a estos el Señor les dice: Andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignos. En las Escrituras  el atavío de los santos siempre es expresión del servicio y carácter personal de los mismos. En la descripción hecha en el Apocalipsis de la multitud que estaba vestida de ropas blancas, dice que sus vestimentas blancas son la justicia de los santos; no la justicia de Dios, sino la justicia de los santos. Es decir que la fidelidad del carácter y del servicio pronto tendrán su manifestación externa.

El pensamiento sobresaliente de la iglesia de Sardis había sido el de popularidad, el de tener un nombre. Algunos de ellos habían ansiado en gran manera tener su aprobación y, refiriéndose a estos, les dice que un día serán manifestados en la gloria de su propia fidelidad. Aquello que ahora es visible al ojo de Cristo, llegará a ser hermoso para los demás.

Hay una terrible posibilidad que amenaza la vida de nuestras iglesias y la iglesia de Sardis es un ejemplo de la amonestación referente a ella. Es una posibilidad tan sutil e insidiosa que casi sin saberlo, la iglesia podría ser arrastrada al peligro. Es aquella de un convencionalismo muerto, y una fría corrección.

Allí puede haber florecientes finanzas, grandes números de asistentes a las reuniones, organizaciones variadas y siempre en aumento, correctas exposiciones de la verdad, y sin embargo la iglesia puede estar muerta. Puede tener nombre de que vive. Puede ser que siempre se hable de ella como una iglesia que vive. Las iglesias que la rodean pueden adularla, y podría aún engañarse a sí misma y sin embargo Cristo no puede hallar en ella algo de valor. Una declaración como esta, debería llevarnos a preguntar con toda seriedad, cuáles son las verdaderas señales de vida en las iglesias de Cristo Jesús. Si la presencia de vida no puede juzgarse por estas cosas, ¿Cómo podemos saber si la Iglesia está viva o muerta?

Las evidencias de vida son, al menos, cuatro: crecimiento, compasión, unción y emoción.

Habrá Crecimiento. La potencialidad de vida hace imposible el estancamiento. Crecimiento en las cualidades individuales de los miembros, y crecimiento en la membresía de la iglesia. No meramente por agregado de afuera, sino por crecimiento interno. Aquella iglesia que no ha engrosado su membresía por los alcances de la fuerza viva de su propia comunión, está en una triste condición. La membresía que crece solamente por los allegados accidentales o por las cartas de presentación, está en una terrible condición. Si no hay quienes nacen de nuevo por la obra de la iglesia, podemos asegurar que la iglesia está muerta. Lo digo con toda seriedad y sin reparos.

Yo tendría miedo de quedar como pastor o miembro de una congregación si por algún tiempo no se hubiera agregado nadie por la confesión de fe o la comunión de la Iglesia. En este asunto el pastor no es el único responsable. Puede agonizar ansiando el nacimiento de almas, pero si la iglesia no coopera y comparte con él, no habrá resultados. Pero donde todos los miembros actúan en el poder de una gran vida, entonces por medio de la Escuela Dominical, a través de las distintas actividades, a través de la vital influencia de cada miembro, la vida se propagará, y hombres y mujeres se unirán en comunión al confesar su fe. Cualquier otra cosa que pudiera tener la iglesia, si no crece por nuevos nacimientos, la iglesia está muerta, aún cuando tiene nombre de que vive. La vida siempre se propaga y en ningún lugar es tan real y poderosa esta verdad como en la esfera del cristianismo.

Otra señal de vida es La Compasión. El verdadero sentir de la iglesia es el de Cristo, y el sentir de Cristo es el del amor. Esa iglesia cuyo corazón no se compadece por los perdidos, está muerta. Aquella iglesia que trata de desechar su propia responsabilidad personal haciendo donaciones para enviar obreros a los bajos fondos que no desea tocar ella misma, está muerta. Tal responsabilidad nunca puede ser delegada. Una iglesia en la cual sólo se reúne una cierta clase o casta de personas cuyo único propósito es su propia conservación egoísta, es un libelo sobre el nombre de Cristo. Cada iglesia debería ser un asilo para los perdidos, un refugio para los quebrantados de corazón, un hogar de bienvenida para la ramera y el publicano.

En nombre de Dios saquemos las señales que nos identifican como iglesias de Cristo si para los tales no tenemos compasión; y no tenemos ninguna compasión si esta no es lo suficientemente fuerte como para vencer los prejuicios sentimentales, que son el resultado de meros accidentes de cuna.

Una jovencita de buena familia, muy fiel dentro de la iglesia y de gran cultura y educación, fue enviada en cierta ocasión por su pastor a visitar una villa de emergencia, donde en un marco de viviendas muy precarias proliferaba un gran dolor, sufrimiento, promiscuidad y,  - obviamente -, pecado. “- No puedo pastor, - dijo ella -, …soy muy sensible y me enfermaría si fuera a ese sitio –“ Dios tenga misericordia de estas vacías pretensiones.

¿Puede alguien ser más sensible que Jesús? ¿Puede alguien tener una cultura superior a la del Maestro de Nazaret? Me da vergüenza propia y ajena esa sensibilidad que demuestra, en realidad, ausencia de compasión. Será sólo en la medida en que nuestro orgullo y prejuicios se encuentran inundados por la fuerte correntada de su inmenso amor que llegaremos a estar preparados para allegarnos a ese depravado. Estamos muertos realmente si carecemos de compasión. Si el amor de Cristo está derramado en el corazón, y la iglesia está inundada por ese amor, hay un completo olvido de las cosas repugnantes. La cultura que rehusa aliviar no es otra que la cultura del paganismo.

Si hay amor, también habrá Unión. La desintegración es una señal de muerte. Si la Iglesia está llena de secciones y grupos, si hay contiendas y cismas, es por falta de vida. Cuando prevalece la casta, y existe la división dentro de los límites de la iglesia es una prueba infalible que la vida falta. En la plenitud de la vida divina, hay una apreciación constante de la unidad del Espíritu.

Además, donde hay vida, hay Emoción. Algunas veces se cree que el más alto nivel de la vida se ha alcanzado al estar más libre de la posibilidad de emoción, y sin embargo, cuán falsa es esta idea. Estoy vivo, y porque estoy vivo, lloro, canto, río, sufro. Son los muertos los que no tienen lágrimas, emociones. A la iglesia que no tiene lágrimas ni risas, Cristo no la puede usar. Reúno estas cosas porque estas cosas van juntas. No puede haber lágrimas sin risas. Cualquier hombre que puede apreciar el humor, es capaz de sentir el dolor. Y ninguna iglesia que no tiene gozo, tendrá compasión. La iglesia que vive, se estremece con la emoción, está llena de risas, llena de lágrimas, continuamente irrumpe en cánticos, y se aquieta en el silencio del dolor. La experiencia de cada miembro se vive dentro de la gran unión.

Si faltan estas cosas en la iglesia, en verdad está muerta. Las señales de vida son: Crecimiento, Compasión, Unión y Emoción. Faltando estas pueden haber muchas otras que dan a la iglesia el nombre de que vive entre los hombres, pero Cristo, moviéndose entre las lámparas, considera sin valor a las cosas externas, y ansía el crecimiento, la compasión, la unión y la emoción que comprueban la existencia de la vida.

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