
En mi trabajo secular y profesional, que es el Periodismo, siempre fui partidario de una concepción bastante clara con relación a la preparación relativa a la profesión. Siempre sostuve, por ejemplo, que un Periodista tiene que tener Escuela, esto es: formación lo más amplia y sistemática posible, a los fines que, cuando tiene que hablar sobre un determinado tema, tenga una visión amplia del mismo y no se vea obligado, como tantos improvisados, a divagar superficialidades, frases hechas, muletillas clásicas o vacías de contenidos. Creo firmemente, entonces, en la capacitación universitaria para ejercer el periodismo. Creo, de hecho, que el periodista debe tener escuela. En lo que no creo en absoluto, es en las Escuelas de Periodismo. Nadie entra por una puerta sin siquiera saber de qué se trata y sale periodista, eso es una falacia, un engaño que ha hecho equivocar de carrera a mucha gente.
Del mismo modo, y aunque parezca incongruente la comparación, creo con relación a los aspectos profundos del evangelio. De ninguna manera estoy dispuesto a aprobar que un doctorado en Teología le otorga a una persona mejor nivel espiritual. En todo caso, lo que sí le proporciona, es un panorama mayor hacia las cosas de Dios, más información y mejores conocimientos sistemáticos. Pero la vida en el Espíritu arranca desde bases muy distintas a las meramente intelectuales. A este título, entonces, deberé aclararlo debidamente.
De ninguna manera estoy hablando de instaurar una Escuela de Oración para que allí se capaciten los que desean orar con mayor resultado. De lo que estoy hablando, es que aquellos que sienten por la oración, que es la comunicación de ida y vuelta con nuestro Padre celestial, una profunda vocación, deberían agregarle escuela, que es un caudal informativo que les brindará una serie de aspectos que lo harán orar más y mejor y con mayor precisión. Antiguamente, la gente escuchaba la voz de Dios, y eso evidentemente era bueno. Por ese motivo y porque el evangelio es el mismo pese a los tiempos, es también esencial que aprendamos a escuchar esa misma voz hoy, en pleno siglo veintiuno.
(Hebreos 3: 7)= Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.
¿Qué es endurecer un corazón, llevado a la vía de los hechos concretos? Es ni más ni menos que acostumbrarse de tal modo a oír buenos sermones que, con el correr de los tiempos, eso se transforma en una especie de hábito cotidiano y rutinario que va creando una especie de “callosidad” en nuestros corazones hasta conseguir que no retengamos ninguna enseñanza por buena y reveladora que sea. Hay gente que hace cincuenta años que oye predicaciones sobre el perdón o el amor, y ni ama a nadie ni ha perdonado nunca a quienes lo ofendieron. Eso es un corazón endurecido. Y este texto nos está asegurando que el Espíritu Santo le está hablando HOY a la iglesia. No en tiempos pasados, Hoy.
(Zacarías 4: 6)= Entonces respondió y me habló, diciendo: esta es palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: no con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.
¿Qué significado puede tener esto dentro del área de la oración? Simple y concreto: que nosotros, por nosotros mismos, por nuestras fuerzas y habilidades, jamás podremos producir un deseo de orar. La oración, es un deseo que el Espíritu Santo produce en nosotros. ¿Y qué haremos con ese deseo? Nuestra máxima responsabilidad al respecto, es transformar ese tenue, delicado y gentil deseo, en una férrea disciplina diaria, en una manera más de quemar o crucificar una carne que no tiene el más mínimo deseo de invertir tiempo en dialogar con quien no vemos. No como obligación o como rutina costumbrista, sino como deleite supremo; el deleite de saber que le hablamos a alguien que nos oye y nos responde efectiva y prontamente a nuestras oraciones.
(Mateo 21: 12)= Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas; (13) y les dijo: escrito está: mi casa, casa de oración será llamada, más vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.
(14) Vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó.
(15) Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo: ¡Hosanna al hijo de David! Se indignaron, (16) y le dijeron: ¿Oyes lo que estos dicen? Y Jesús les dijo: Sí; ¿Nunca leísteis: de la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza?
(17) Y dejándolos, salió fuera de la ciudad, a Betania, y posó allí.
Él dice “mi casa”. ¿Y qué significa “mi casa”? Significa lo primero que, por presiones culturales, pensamos: el templo, esa casa en la que semanalmente nos reunimos para adorar, para alabar y para hacer todas aquellas cosas que, entendemos, agradan a Dios. Pero eso es en primera instancia, ya que en una segunda un tanto más profunda, vemos con total y absoluta claridad que muy bien puede tratarse de la otra casa, de esa que cultivamos personalmente: nuestro ser. Y allí vemos que hay elementos en este texto que tienen que ver largamente.
En primer lugar dice, en el verso 12, que es una Casa de Pureza. ¿Ser una casa de pureza significa recato, solemnidades, o cierta clase de puritanismo? No. Para nada. Pureza es, precisamente, eso: transparencia, integridad, rectitud, tres palabras que la Biblia rescata y expresa continuamente. El verso 13, añade el concepto más conocido: Casa de oración. ¿Qué será una casa de oración? ¿Acaso un sitio silencioso, donde todo el mundo anda sin levantar la voz, mientas que un murmullo permanente habla de letanías, rezos, lamentos y clamores? Tampoco. Casa de oración es, esencialmente, darle prioridad al diálogo y comunicación con Dios, antes que un núcleo de diferentes actividades de gente religiosa.
El tercer concepto lo hallamos en el verso 14, cuando expresa que esa es, Casa de Poder. Una casa de poder no es necesariamente la que está vinculada políticamente a los centros humanos de poder. Muy por el contrario, como lo fue en su historia, desde los planos más humildes y anónimos, desde las sanidades y milagros que dejó en evidencia para la consideración pública, una Casa de Poder es la que es capaz, en el nombre del Dios en el que dice creer, manifiesta el poder de ese Dios. Luego la definirá en el verso 16, como Casa de Alabanza. ¿Eso significa un lugar en el que la música suene permanentemente elevando los espíritus y los ánimos de los presentes. No, aunque lo incluya, claro está. Porque alabanza, y también adoración, es precisamente eso; un permanente alabar a Dios. En casos, con el apoyo y sustento de la música, pero no necesariamente. Me pregunto con muy pocas dudas en mi corazón, si cualquiera de estos cuatro conceptos no deberían verse de continuo en la vida de nuestras congregaciones o en la personal en sí misma?
(1 Corintios 3: 16)= ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?
(Efesios 2: 20-22)= Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.
Esto parece un palabrerío cargado de dialéctica religiosa tendiente a construir un lindo mensaje que al propagarse desde un púlpito sea capaz de identificar a quienes lo escuchen. Sin embargo, como todo el contexto bíblico, esta palabra va mucho más allá. Habla del desconocimiento, la falta de respeto y desobediencia a todo esto por parte de templos y congregaciones que, a menudo, están altamente contaminados por la ambición, la manipulación, que es hechicería, y los pecados de egoísmo manifestados por sus habitantes o, lo que es más triste, por sus responsables.
Porque es mucho más que desobediencia a reglamentos o conceptos que sucedan estas cosas que no son invento mío sino realidades tristemente comprobables. Es una verdadera burla que un creyente, o alguien que dice serlo, hable de una manera y viva de otra diametralmente opuesta. Que nadie se llame a engaño: Dios nunca va a bendecir a una iglesia impura. Su iglesia no será casa de poder y de oración perfeccionada, mientas no permita que el Espíritu Santo purifique sus almas santurronas y la transforme, de adentro hacia fuera, en auténtica y genuina Casa de Oración. ¡Hermano! ¿Usted me quiere decir que hay iglesias que se llaman a sí mismas “cristianas” y frenan la obra del Espíritu Santo? No se lo estoy “queriendo” decir: se lo puedo asegurar.
Hay algo que es muy notorio y que, pese a su simpleza que nadie puede soslayar ni ignorar, sin embargo no todos han visto con claridad meridiana: Dios jamás actuará según nuestros itinerarios. Recuerde que hace muchísimo tiempo atrás, nos relata la historia bíblica y secular, Dios estaba listo para guiar a su pueblo a cruzar el río Jordán, pero he aquí que el pueblo estaba atrapado en sus mezquinas rutinas. Uno de aquellos líderes, con ambiciones personales muy definidas, declaró con suficiencia y cierto dejo despectivo: “- ¿Lo han notado? Moisés ha perdido la unción divina –“ A algunos metros de allí, una esposa insatisfecha regañaba a su preocupado marido con estas palabras: “- ¡Tienes que conseguir más maná para nuestros niños! –“ Allí cerca, un bien intencionado anciano advertía a quien quisiera oírlo: “- Josué y Caleb se están deslizando por una tangente de “súper-fe”. ¿Cómo puede ser que anden por allí proclamando que podemos vencer, cuando todos sabemos que el enemigo es superior a nosotros? –“ Eso, a grandes rasgos, es una gran parte de la iglesia hoy. No sólo piensan que el enemigo es más fuerte, sino que encima lo creen y además lo declaran. ¡¡Completo!!
Aquellos antiguos les temían a los gigantes en lugar de temerle a Dios. Le prestaban más atención a los problemas que a las promesas. Veían ciudades amuralladas en lugar de ver la voluntad de Dios. Y por no captar lo que el Espíritu les decía, deambularon cuarenta años por el desierto. ¿Recuerda bien lo que sucedió? Murieron allí, dejando sus huesos en el desierto. De acuerdo; eso fue literal y esto de hoy es espiritual, pero pregunto: ¿No teme este pueblo del siglo veintiuno, mucho más a gigantes tales como la recesión y la corrupción, mucho más que al Dios de todo poder? ¿No se ha olvidado de la voz del Espíritu Santo al que ya no parecen oír? ¿No es el de este tiempo de puro entretenimiento de alegres cristianitos desparramados en súper, hiper, macros y mini congresos, como un vagar en círculos por el desierto de la nada espiritual? Que nadie se asuste, pero la consecuencia es dejar los huesos espirituales en el desierto de la hibridez religiosa.
Por eso es que digo, sin riesgo de parecer poseído por un feo espíritu de pesimismo, que la situación no parece ser demasiado diferente hoy a la que relata aquella vieja historia. Es menester tener en cuenta un aspecto sumamente valioso: estamos aquí para adueñarnos de la tierra, pero en lugar de eso estamos muy ocupados remodelando la casa, mirando fútbol, tratando de pagar las cuentas y preocupándonos por nuestros asuntos. Mientras tanto el espíritu de intercesión nos llama a orar, y nosotros no le prestamos atención. Decir iglesia, hoy, es el equivalente a decir pastor. ¿Pastor activo? Actividad. ¿Pastor cómodo y sedentario? Quietud mortuoria. Pero entonces, ¿La iglesia es su pastor? Cualquier conocedor de eclesiología me va a decir que sí, que es muy probable, que es lo lógico. Ya mismo y aquí mismo le tengo que decir que no, que de ninguna manera es así conforme a la voluntad de Dios. Él no tiene la culpa si los hombres inventaron a este pastor sobredimensionado, mitad siervo y mitad Superman del que se pretende todo.
La Iglesia contemporánea se ha alejado mucho del cristianismo bíblico. ¿Alguna vez ha oído usted decir esto en alguna congregación? ¿Sí, verdad? ¿Y de allí en más, qué? Han movido la cabeza hacia ambos lados con pesar, han hecho un gesto mitad suspiro y mitad gemido, y finalmente han murmurado algo parecido a: “- Y bueno… qué se le va a hacer… así están las cosas… esto es lo que tenemos y hay que conformarse… peor sería que no hubiera iglesia… -“ ¡¡¡¡¡NOOO!!!! ¡Perdónenme, hermanos amados, pero no es así! Eso, es exactamente lo que Satanás, tal como si fuera un apuntador metido en su cubículo en el escenario de un gran teatro, nos estuviera soplando la letra de un argumento que debemos interpretar. Si la iglesia se ha alejado de sus bases reales, lo único que cabe es retornar a ellas. Le guste a quiena le guste, le convenga a quien le convenga y reviente quien reviente. Dios; su voluntad y su propósito, son la absoluta prioridad. Lo demás, está de más.
También vemos que la mediocridad ha invadido el Cuerpo de Cristo, y nosotros pensamos que es normal. Dios está acelerando todo en estos últimos días, pero el noventa y nueve por ciento de nosotros nos vamos retrasando y quedando atrás. Añoramos ver el poder de Dios, pero para que el poder de Dios se pueda revelar, nosotros debemos desarrollar la disciplina de oración. Hay congregaciones, - y no estoy criticando, sólo estoy reflejando realidades que probablemente usted conozca -, que tienen en su vida íntima verdaderas barbaridades morales, corruptas y hasta llenas de blasfemia. La mayoría de sus miembros saben que es así y oran para que las cosas cambien y esperan en Dios que así sea. Ahora pregunto: mientras las cosas no cambien y esa oración todavía no tenga respuesta; las condiciones en que está viviendo esa iglesia, ¿Posibilita que Dios pueda bendecirla con algo? ¡Es que Dios es bueno! Sí, pero también es justo. Y además no tiene comunión con nada que contenga pecado.
Yo no sé si usted que me lee, alguna vez habrá al menos susurrado una oración como esta, pero yo sí que lo he hecho: “Dios: quiero que quites todo lo que haya en mi vida que no se identifique con Jesús. No quiero que haya en mí nada que no glorifique y engrandezca a Jesucristo como Señor”.Es hermosa, es noble y es honesta. Pero debo advertirle algo: para que esa oración se convierta en una realidad, las cosas que pueden ser sacudidas, deben ser sacudidas. Así lo dice en este texto que leemos seguidamente: (Hebreos 12: 27-28)= Y esta frase: aún una vez indica la remoción de las cosas movibles, como cosas hechas, para que queden las inconmovibles. Así que recibiendo nosotros un reino inconmovible, tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia; Tenga usted la certeza que habrá mucho para sacudir. No tema.
Quizás si usted pudiera hablar conmigo ahora mismo, me confesaría que, durante estos últimos años, Dios ha sacudido muchas cosas en su vida. Algunos pueden decir lo mismo respecto de las iglesias a las que han estado concurriendo. Ha habido mucho que sacudir, que remover, que cambiar. ¿Por qué? A fin que podamos dar el paso siguiente en esta progresión dada por Dios. Cuando se mueve la rama y tambaleamos en nuestro cómodo nido, generalmente lo primero que pensamos es que las fuerzas del mal han desatado una tormenta con la idea de aniquilarnos. Por una vez, al menos, quizás podamos entender que no proviene del mal el viento, sino de la intención de enseñarnos a mantenernos en pie durante las tempestades que seguramente alguna vez sobrevendrán. La Biblia no dice “Si alguna vez tenéis tribulación”. Dice: “Cuando tengáis tribulación”. ¿Se entiende?
Entonces concluyamos en algo muy puntual y específico: si usted hoy oyera Su voz llamándolo a la oración, por favor, no endurezca su corazón. Pídale al Espíritu Santo que no le dé descanso hasta que su vida de oración pase, de ser un simple anhelo, a constituirse en una verdadera disciplina cotidiana y en un deleite sagrado. Créame que no son demasiados los creyentes que han llegado a une estatura espiritual suficiente como para deleitarse en la oración, en lugar de experimentarla como un verdadero esfuerzo tedioso. Deje que Jesús desaloje y trastorne las cosas de su vida que están impidiendo que su templo, sea casa de oración. Los bueyes malolientes, las ovejas que balan, las palomas y sus arrullos, y las monedas sin lustre, no podrán reemplazar jamás la presencia de Dios, santa y plena.
Y algo fundamental, esencial, básico: enfréntese con los hechos. No los evada, ni los oculte ni los disimule, por favor. Si usted no empieza a orar, no podrá gozar de ninguna manera, en el futuro, de una comunión más íntima de la que goza ahora mismo. Siempre tenemos que pasar por la agonía de la elección antes de la promesa del cambio. Recuerde la enseñanza tan reiterada: usted está permanentemente en una especie de pata inferior de una “Y” griega; con dos caminos por delante sin tener certeza sobre cuál debe tomar. Una vez que se decide, ese camino, se transforma en otra pata y así sucesivamente. Entonces allí tendrá que formularse la pregunta indudable: ¿Va a resultar eso la rutina de siempre o, por el contrario, estará usted listo para dar el siguiente paso con Dios?
Jesús está allí, esperándolo para orar. Puede mirarlo cara a cara, hipotéticamente, claro está, y decirle con total transparencia y sinceridad: “Señor; haz de mi templo una casa de pureza, de oración, de poder, y de alabanza perfeccionada, para tu gloria”. Que no le quepan dudas que hoy mismo, ahora mismo, Él está listo para empezar esa progresión en su templo ya mismo. Ahora será, mucho me temo, el momento de hacerle a usted la pregunta básica y crucial que quizás lo deje pensando por un buen rato: ¿Está usted listo? Si la respuesta es “sí”, mientras glorificamos a Dios, abrimos de par en par las puertas de esta singular Escuela de Oración. Si su respuesta es “no”, ¡Animo! En este mismo momento puede usted comenzar a reanudar su camino. Y sin culpas ni miedos. Todavía el verbo “arrepentir” es el máximo eslabón que une la deficiencia humana con la maravillosa unción divina
