Tiempo de Victoria

Lo Que Contamina al Hombre

Muchas personas podrían ser usadas tremendamente por Dios, ser vasos realmente útiles en sus manos, pero sin embargo no lo son. O si lo son, no son efectivas. Una de las razones principales, es su falta de control al hablar. Descuidar este asunto es abrir una puerta por la que el poder de Dios puede fluir hacia fuera o perderse. Lo que decimos puede servir como salida para el poder de Dios o como agujero por el que se pierda. Lamentablemente, muchos permiten que el poder de Dios se pierda.

Santiago escribe en su carta, en el capítulo 3 y versículo 11: “¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y agua amarga?” La boca del obrero de Dios debería echar agua dulce y viva. Él debe proclamar la Palabra de Dios. Por ejemplo, no podemos usar el mismo balde, la misma cubeta, para llevar agua para cocinar y agua para limpiar los sanitarios. Si se usaran los mismos recipientes para ambas cosas, se pondría en peligro la salud de los seres humanos, hasta su vida. Contaminación. De eso es que estamos hablando. De igual manera, si nuestra boca se usa para proclamar la Palabra de Dios, entonces no debemos ni podemos usarla descuidadamente para otros propósitos. Si usamos nuestra boca para hablar de muchas cosas que no sean la Palabra de Dios, no seremos ciento por ciento aptos para proclamar su Palabra. Y esto no es reglamento interno0 congregacional, esto es Biblia pasada en limpio.

Muchos no son usados, o son usados sólo de manera muy limitada por Dios, porque de sus bocas salen dos cosas opuestas: lo dulce y lo amargo. Sus bocas pronuncian muchas palabras que no son de Dios, al mismo tiempo que pronuncian la Palabra de Dios.

Debemos reconocer delante del Señor que nuestra boca ha sido ofrecida para proclamar su Palabra. ¿No es una tremenda responsabilidad que la Palabra de Dios sea hablada a través nuestro? En el capítulo 16 del libro de los Números, está escrito que Coré y sus conspiradores atacaron verbalmente a Moisés y a Aarón. Luego trajeron sus incensarios ante Dios. Ellos habían pecado, por lo que perecieron. Pero esos incensarios eran santos. Así que Dios habló a Moisés y le dijo, en los versos 37 y 38: Que tome los incensarios de en medio del incendio y derrame más allá el fuego: porque son santificados… y harán de ellos planchas batidas para cubrir el altar. Lo que ha sido una vez ofrecido al Señor es santo para siempre, y por lo tanto no debe ser usado para otro propósito.

Algunos hermanos y hermanas piensan erróneamente que pueden hablar la Palabra de Dios en un momento y la palabra de Satanás en otro. Es decir: la mentira. Algunos evangelistas dejan de decir alguna verdad con tal de que debajo se produzcan decisiones de fe o, sencillamente, mienten exagerando cosas o inventándolas.

Es clarísimo que no debemos hacer esto. Una vez que la boca de un creyente proclama la Palabra de Dios, esa boca es del Señor para siempre.

Lamentablemente, el poder de muchos creyentes se ha perdido por causa de lo que hablan. Algunos otros tienen el potencial de ser usados poderosamente por el Señor, pero pronuncian palabras que no son de Dios, y por consiguiente, pierden su poder interior mientras hablan. Tenga muy en cuenta que una fuente puede dar solamente una clase de agua. Una vez que su boca anuncia  la Palabra de Dios, debe usted darse cuenta que de allí en adelante usted ya no tiene autoridad para decir lo que no es de Dios. Su boca está santificada, es santa. Todo lo que ha sido consagrado una vez, es del Señor para siempre. No debe serle quitado nuevamente. Así vemos la relación entre la Palabra del Señor y su palabra. Su boca está santificada y sólo puede usted hablar la Palabra del Señor. Qué penoso es que muchos que deberían ser usados por Dios no son aptos porque su boca es un gran agujero que deja escapar su poder. El poder se seca si la boca da dos clases de palabras.

El problema de muchos radica en que hablan demasiado, como señala Salomón en Eclesiastés 5:3: Porque de la mucha ocupación viene el sueño, y de la multitud de palabras, la voz del necio. La multitud de sus palabras es lo que mina el poder de muchos. Les gusta hablar de muchas cosas, siempre tienen algo sobre qué hablar. No sólo hablan mucho, sino que les fascina divulgar las palabras que hablaron otras personas. Dice Proverbios 4:23 que: Guardemos nuestras bocas con tanto cuidado como debemos guardar nuestro corazón. Especialmente aquellos que hemos de servir como voz de Dios, que hemos de ser usados para proclamar su Palabra. Nuestra boca está santificada como vaso santo para el servicio del Señor. ¡Cuánto más, entonces, debemos guardarla como guardamos nuestro corazón!

No se trata de armar – como en muchos sitios se enseña -, una especie fraseología evangélica o religiosa que, al momento de expresarla, hace que todo el mundo incrédulo huya despavorido sin querer oír nada más. Se trata de que no podemos dejar nuestra boca sin control. Un siervo de Dios debe prestar atención a varias cosas con relación a lo que habla. En este estudio, vamos a ver las principales doce. No se olvide que doce es un número apostólico, y que esta es una época apostólica. Algo, seguramente, va a significar en su vida. Sígame con atención, mucho cuidado y esmero. No lea esto como a un libro más. Léalo como si de pronto, en cada palabra, en cada concepto, le fuera la vida. Así, seguramente, será de alta bendición para su vida. Esa ha sido nuestra oración.

PRIMERO

Debemos tener cuidado delante de Dios en cuanto a las palabras que escuchamos con frecuencia. Porque lo que escuchamos, demuestra la clase de personas que somos. Muchos no le contarán sus asuntos a usted porque saben que usted no es la misma clase de personas que ellos. Por lo tanto, sería inútil que se lo contaran porque, entre otras cosas, usted no se los celebraría como hace la mayoría, y hasta podría exhortarlos, cosa que les haría daño porque ya saben que están caminando por senderos que no deben. Ahora sí, por el contrario, las personas continuamente están diciéndole a usted la mismas cosas que les dicen a todos los demás, es porque saben que usted es de su misma clase, aunque por allí se disfrace semanalmente de otra cosa. Esto es una cuestión espiritual e interna, no circunstancial y externa. No importa de qué quiere jugar usted; el mundo también discierne. Por lo tanto, aprenda, la clase de palabras que se acumulan en usted, sólo van a confirmar la clase de persona que verdaderamente usted es.

SEGUNDO

La clase de palabras que creemos fácilmente, refleja un carácter similar en nosotros. Porque determinada clase de persona cree determinada clase de palabras. El hecho de escuchar mal y creer fácilmente se debe a una cierta cortedad de vista; es decir, es el caso de quien no está bajo la luz de Dios. La falta de luz crea el error. Por lo consiguiente, la clase de palabras también revela cuál es nuestra enfermedad espiritual. A veces las personas creen aún antes de escuchar las palabras. Y se gozan cuando, finalmente, las palabras llegan. No importa cuán extrañas puedan ser las expresiones; ellos la toman como dignas de ser aceptadas. Así que la clase de palabras que una persona cree, atesora e incluso pronuncia, muestran con total certeza la calidad interior e íntima que esa persona posee o es.

TERCERO

Hay otra característica de la misma naturaleza que las de escuchar y creer, que es la de divulgar las palabras. Luego de escuchar y creer determinada clase de palabras, la persona las comparte. Esto indica que no sólo la clase de persona que es y la falta de luz que sufre, sino también su deseo de involucrar a otros haciendo lo mismo. Escuchar es oír lo que alguien dice; creer es aceptar lo que dice; pero el acto de divulgarlo, es involucrarse por completo. A muchas personas les gusta tanto hablar y divulgar toda clase de cosas que cualquier poder que podrían tener se pierde inmediatamente. Con el consiguiente resultado de que no pueden ser buenos ministros en la Palabra de Dios.

CUARTO

Hablar en forma inexacta es otro aspecto muy serio de este asunto. Algunos quizás tengan un problema distinto a los ya mencionados: frecuentemente, lo que dicen es inexacto. Dicen una cosa en un momento y otra en otro momento. Alguien que tiene “doblez” no puede, por ejemplo, ser diácono. 1 Timoteo 3:8 dice: Los diáconos asimismo deben ser honestos, sin doblez, no dados a mucho vino, no codiciosos de ganancias deshonestas. El por qué, es por la razón de que luego hablará según frente a quien se encuentre. Le dirá una cosa en su rostro y otra, muy distinta, a sus espaldas. Esta persona es inútil para la obra de Dios.

Si no podemos controlar nuestra lengua, ¿Cómo podremos controlarnos a nosotros mismos para servir a Dios? Debemos disciplinarnos y poner a este miembro del cuerpo en servidumbre antes que podamos servir bien al Señor. Porque como nos ha dicho la Biblia, la lengua es el miembro más corrompido del cuerpo, el que frecuentemente nos lleva a los más terribles problemas. Hablar en forma inexacta, hablar con doble mensaje, y hablar deshonestamente: todas estas cosas revelan un carácter débil. Esta clase de personas no puede estar delante de Dios, y no tienen su poder. Ser imprudente y falso en el hablar es una seria falla en un buen carácter. Necesita ser tratada para que no afecte gravemente la obra de Dios.

QUINTO

Hablar deliberadamente con un doble mensaje. Esto es más serio que hacerlo en ignorancia, como dijimos antes. Algunos pueden hablar así ignorando que lo hacen. Hablan así porque son tan inocentes que ven poca diferencia entre el “sí” o el “no”.

Para ellos no hay “sí” o “no”, todo es indefinido. Cuando se les pregunta si algo es negro, dicen que es negro; pero si les preguntan si eso mismo es blanco, dicen que es blanco. Para ellos todo es gris. Son bastante descuidados y no reflexionan. Esta clase de doble mensaje se debe a la ignorancia.

Pero otros lo hacen deliberadamente; hablan así a propósito. En el caso de estas personas, no se trata de un temperamento débil, es corrupción moral. En Mateo 21:23-27, cuando los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron al Señor Jesús y le preguntaron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? Él les contestó con otra pregunta: El bautismo de Juan, ¿De donde era? ¿Del cielo, o de los hombres? Ellos razonaron entre sí, diciendo: Si decimos del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? Y si decimos de los hombres, tememos al pueblo; porque todos tienen a Juan por profeta. Así que respondieron a Jesús, diciendo: No sabemos. Esta respuesta, es una mentira. Y para colmo, voluntaria.

Recordemos lo que nuestro Señor dijo: Pero sea nuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede. Eso, al menos, es lo que se puede leer en Mateo 5:37. Decir “sí, sí” o “no, no”, esto es hablar honestamente. Si interiormente especulo cómo o de qué manera responderán las personas a lo que digo, estoy manipulando. Esta no debe ser la intención ni la actitud de alguien que quiere hacer la obra del Señor. ¡Si hablo con artimaña, mis palabras se convierten en instrumentos de engaño! En cambio, nosotros debemos imitar a nuestro Señor, que se negó a hablar cuando trataron de acusarlo atrapándolo en sus propias palabras. Si debemos hablar, que sea “sí, sí” o “no, no”. Porque Jesús dijo que lo que es más que esto, procede del maligno. Aquí no valen los astutos.

Pablo persuadió a los Corintios diciendo lo que leemos en la primera carta, capítulo 3, verso 18: Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. Y a los Romanos, en su carta, en el capítulo 16 y verso 19, encontramos: Pero quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal. Pablo afirmaba esto porque la astucia en estas cosas es inaceptable ante Dios. Nuestra sabiduría está en las manos del Señor. No debemos tener un mensaje con dobleces, acomodaticio, confuso o sin compromiso. Es tristísimo que esto suceda entre creyentes. Aquellos cuyas palabras no son dignas de confianza no son útiles en las manos del Señor. Tarde o temprano arruinarán su obra.

¿Cómo podrán ser usados por Él, si todo el tiempo vacilan entre el sí y el no, entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer? Aquellos cuyas palabras siempre están cambiando y nunca se puede confiar en ellas, son inútiles en la obra de Dios.

SEXTO

Tenemos que vigilar lo que escuchamos. Nosotros, los obreros de Dios, tenemos, por el hecho de serlo, mucho más contacto con las personas, y por lo tanto, muchas más oportunidades que otros, tanto de hablar como de escuchar. Si no estamos disciplinados en nuestro hablar, podemos fácilmente predicar la Palabra de Dios por una parte y por la otra sembrar discordia. Si no refrenamos nuestra lengua, podemos estar construyendo la obra de Dios por un lado, mientras que por otro la estamos echando abajo. Por lo tanto necesitamos que Dios controle las cosas que escuchamos. Muchas veces, cuando los hermanos y hermanas nos cuentan sus problemas, que pueden estar relacionados con sus necesidades personales y con la obra de Dios, por supuesto, debemos esforzarnos realmente por escucharlos.

Debemos ser capaces de escuchar verdaderamente, encontrar cuáles son los problemas o dificultades y dar la ayuda que sea necesaria. Pero mientras estamos escuchando, inmediatamente después de haber comprendido la situación, debemos dejar de escuchar. Podemos decirle amablemente a la persona: “Mira; lo que dijiste ya es suficiente, ya puedes dejar de hablar”. Porque no sería correcto que sigamos escuchando por curiosidad, como si nos ocupáramos de escuchar historias. Lo que la persona ha dicho hasta ahora es suficiente para que sepamos dónde está el problema. Tan pronto como hayamos comprendido la situación, por medio de lo que se nos ha relatado, podemos decirle: “Hermano, esto es suficiente.” Yo lo he hecho. A quienes han charlado conmigo alguna vez por algo específico, les consta.

No debemos caer en la concupiscencia de seguir escuchando indefinidamente. Como seres humanos, tenemos el deseo incontrolable de querer saber cosas, y por lo tanto, el ansia de querer escuchar más cosas. Pero debe haber un límite o esa medida, no sigamos en ese camino. Sólo escuchamos para poder orar. Sólo escuchamos para resolver problemas que nuestros hermanos y hermanas pueden tener personalmente o que se relacionan con la obra de Dios. Por lo tanto, debemos dejar de escuchar en un punto determinado, sin dudar.

SÉPTIMO

La necesidad de aprender a ser confiable. Cuando una persona le comparte a usted su problema, es porque tiene confianza en usted. Por lo tanto, no debe usted traicionar esa confianza divulgando sin ningún cuidado lo que se le ha confiado. Excepto en casos en que sea necesario para la obra, jamás debería hablar sobre estas cosas. ¿Cómo podrá participar de la obra del Señor si no refrena su lengua? A un siervo de Dios se le confían muchas cosas. Él debe saber que su confianza es santa y digna. Las palabras que le han dicho no son de su propiedad; se han convertido en asuntos de su ministerio y de su servicio. Por consiguiente, no debe usted hacer chismes de esas palabras que le han dicho como confidencia.

En los temas espirituales debemos aprender a guardar y proteger a nuestros hermanos y hermanas, no hablando a la ligera de sus dificultades. Es una situación completamente diferente, por supuesto, si existe la necesidad de hablar sobre estas dificultades para descargar nuestra responsabilidad en la obra de Dios y solucionarlas. Sin embargo, hablar mucho es una gran pérdida, algunas veces irreparable. Alguien que habla demasiado y repite muchos chismes no es de confianza en la obra de Dios. Estemos alertas delante de Dios; pidámosle que refrene nuestra lengua para que no abramos la boca sin pensar. El hecho de que una persona haya logrado el control de sí misma, o no, se muestra claramente a través de su hablar. Si es disciplinada, refrena su lengua. Esto es algo a lo que debemos prestarle mucha atención.

OCTAVO

Es necesario tener cuidado con las mentiras. El doble mensaje lleva fácilmente a la mentira. Las palabras que se dicen para llevar a las personas a sacar conclusiones falsas son mentiras; de la misma forma, las palabras que se dicen con la intención de crear conceptos erróneos también son mentiras.

Algunas veces no hay ninguna afirmación falsa en las palabras que se dicen, pero se hablan de una forma determinada para producir una impresión errónea. Eso también es una mentira. Por tanto, comprendamos que la honestidad en nuestro hablar debe ser juzgada por nuestra intención interior, al igual que por las palabras que pronunciamos. Si un hermano le pregunta algo que usted no puede decirle, lo mejor es que le diga: “No puedo decirlo”, en lugar de engañarlo. Una afirmación falsa, es una mentira, así se haga desde un púlpito y con idioma bíblico. Porque una afirmación falsa, se dice con la intención de llevar a una conclusión errónea. Si queremos que las personas crean en las cosas verdaderas, no debemos confundirnos para que crean en falsedades. Con respecto a los hijos de Dios, su hablar debe ser “sí, sí” y “no, no”, lo que es más de eso, de mal procede.

En Juan 8:44 vemos unas palabras muy duras que Jesús les dijo a los judíos: Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer… Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. La mentira viene de Satanás, que ha mentido desde el principio hasta ahora. Él es un mentiroso; pero no sólo miente él, sino que es padre de todos los otros mentirosos. Por esta razón, es detestable encontrar una mentira en los labios de un hijo de Dios, especialmente en los labios de un obrero de Dios.

¡Qué lejos hemos caído de la gracia, si nos involucramos en una mentira! Es una brecha enorme en nuestra estructura como cristianos. ¡Es un asunto terriblemente serio! Debemos guardarnos sin mentir. No nos atrevamos a decir que nuestro hablar es totalmente correcto, ya que cuanto más queramos controlar nuestro hablar, más sentiremos lo difícil que es. A veces queremos hablar verazmente, pero por una pequeñez inadvertida hablamos en forma inexacta. Si nos resulta difícil hablar precisamente mientras estamos cuidándonos de hacerlo, ¡Cuánto más inexacto será nuestro hablar si no nos cuidamos! Si no es fácil hablar verazmente cuando nos controlamos, ¿Cómo será nuestro hablar si no ejercemos ningún control en absoluto? Por eso debemos controlarnos y guardar nuestro hablar. No debemos ser negligentes en nuestra disciplina si no queremos ser descalificados para el servicio a Dios. Porque el Señor no puede usar a nadie que hable para él al mismo tiempo que habla para Satanás. Dios nunca usará a esa persona.

NOVENO

Hay otro punto que requiere nuestra especial atención, que es que no debemos contender, ni vocear. Mateo 12:19 dice que de Jesús se profetizó que No contendrá, ni voceará, ni nadie oirá en las calles su voz. El apóstol Pablo escribió algo similar en 2 Timoteo 2:24: Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso. Ningún siervo del Señor debe contender ni gritar.

Gritar no es correcto. Por supuesto, no estoy hablando de gritar para predicar o para exponer la Palabra; eso es otra cosa. Hablo del gritarnos los unos a los otros o, utilizar una posición jerárquica eclesiástica más elevada para hacerlo. El siervo del Señor debería ser disciplinado para no contender ni vocear. Gritar es una señal de poco poder. Por eso siempre hemos dicho, a los que gustan de ministrar liberación, que ningún demonio se va de alguien a los gritos; se va por la autoridad de Cristo que hay en la vida del siervo.

Es, al menos, el gritar fuera de término, una indicación de que alguien tiene poco control sobre sí mismo. Un siervo de Dios no debería elevar su voz tan fuerte como para que puedan escucharlo desde el cuarto contigua del cual está.

Nuestro Señor Jesús nos ha dejado un ejemplo al no haber elevado su voz como para que se oyera en las calles. Este control va más allá de no hablar mentiras. Aunque nuestro hablar sea cierto y exacto, no contenderemos ni vocearemos. Si un hermano o hermana levanta la voz, nosotros que tenemos autodisciplina, seguiremos manteniéndonos en silencio. Nos controlaremos y controlaremos nuestra voz de la misma forma en que lo hizo el Señor Jesús.

Aprendamos delante de Dios a sujetar nuestra lengua para no hacer ruido ni contender impetuosamente. Esto no significa, naturalmente, que de aquí en adelante deberemos poner un rostro duro y cerrar los labios cuando nos hallamos frente a otras personas. No; deberemos ser naturales y dialogar de ese modo, con naturalidad, con toda esa gente. Esperamos que todos los que sirven al Señor sean más sensibles, tiernos y amables. Miremos a nuestro Señor Jesús. ¡Qué sensible y tierno fue cuando estivo en la tierra!

Nunca contendió ni voceó, ni se oyó su voz en las calles. El siervo de Dios debe impresionar a las personas como alguien lleno de ternura.

DÉCIMO

Observemos la intención y el hecho interior. El hablar externo es una cosa; la intención del corazón es completamente diferente. Los hijos de Dios no deben observar la exactitud de sus palabras mientras descuidan la exactitud del hecho interno del corazón, le daríamos más importancia a lo último que a lo primero. Muchos tienen la debilidad de controlar la exactitud de sus palabras al tiempo que descuidan la veracidad del hecho interno. Comprendamos que aún cuando hablemos cuidadosamente y con exactitud, de todas formas podemos no ser fidedignos. Porque en la presencia de Dios debemos prestar más atención a la precisión que al hecho interior. Seremos de muy poca utilidad para Dios si nuestro hablar es exacto pero el hecho interno está distorsionado.

Algunos hermanos y hermanas son muy cuidadosos al hablar, pero aún así no se puede confiar en ellos. Aunque no podemos descubrir ninguna falla en sus palabras, sentimos que buscan la exactitud de su expresión en vez de la del hecho. Supongamos, por ejemplo, que usted odia a un hermano. Esto es un hecho interior. Según los hechos, usted lo odia en su corazón. Pero si lo encuentra en la calle, lo saluda y hasta le estrecha la mano. Y también lo recibe cuando viene a su casa. Además, incluso, hasta lo visita cuando está enfermo y le envía dinero o ropa en tiempos de necesidad. Pero un día, cuando le preguntan a usted sobre su actitud para con ese hermano, puede perfectamente responder (Aunque realmente lo este odiando en su corazón) “¿Acaso no lo saludé y estreché su mano? ¿No lo visité y lo cuidé en tiempos de necesidad?” Verdaderamente, la razón parecería estar de su lado. No hay duda que tiene usted razón ante la ley de Dios y está hablando lo correcto. Pero sin embargo, lo que usted ha querido decir con sus palabras, es mentira, porque el hecho interno no se corresponde con ellas.

Conocemos algunos hermanos y hermanas que ponen mucho énfasis en las formas. No se les puede encontrar ninguna falla en este aspecto. Pero su corazón no está de acuerdo con sus formas. No hay nada incorrecto en lo que dicen, pero no tienen la intención que dejan traslucir con sus palabras. Esto debe ser condenado.

Cuando usted abre su boca para hablar, ¿Controla solamente la exactitud de la forma como evidencia de su veracidad? Si es así, debe examinar delante de Dios cuál es la intención de su corazón. Porque este es un problema básico que se esconde detrás de mucho de lo que habla el hombre. No es suficiente que las palabras sean correctas; ni siquiera es suficiente tratar bien a los demás. Estas cosas no pueden ser presentadas como pruebas de que usted no odia a alguien. Debemos mirar el hecho interior, el verdadero estado del corazón, y no sólo las palabras de nuestra boca. Para hablar con verdad, debemos tener un hecho verdadero adentro. Si las palabras externas no reflejan el hecho interior, lo que se dice, no es sino una mentira. Qué triste es que muchos vivan bajo esta clase de ilusión. Por lo tanto, en nuestro hablar, debemos controlar no sólo nuestras palabras, sino, más profundamente, nuestras intenciones.

UNDÉCIMO

No hablar palabras ociosas. El Señor ha declarado, según leemos en Mateo 12:34, 36 y 37, que De la abundancia del corazón habla la boca. Más yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Y más adelante dice: Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado. Es obviamente importantísimo que los hijos de Dios no hablen palabras ociosas cuando se reúnen. Esto no debe interpretarse como que no debemos saludarnos o dialogar sobre el estado del tiempo o la belleza de las flores. Palabras como estas están dentro de los límites propios  de las relaciones humanas y por tanto, están justificadas. La expresión de “palabras ociosas”, sin embargo, significa otra cosa; se refiere a los chismes sobre un asunto con el que no está usted relacionado en absoluto. No debemos hacer esto. Pero, si alguien lo hace, el Señor dice claramente que “De ella darán cuenta en el del juicio”. Cada palabra ociosa que los hombres digan será repetida literalmente en el día del juicio. Ese día descubrirá usted cuántas palabras ociosas ha dicho, y será justificado o condenado por sus palabras. Ninguno de nosotros puede arriesgarse a hablar irreflexivamente.

Debemos evitar el hablar y bromear tontamente. Decir algunas palabras graciosas o contarles bromas inocentes a los niños, sería algo distinto. No; lo que mencionamos aquí es lo que Pablo dice en Efesios: Ni palabras deshonestas, ni necedades, ni truhanerías. Allí Pablo hace referencia a palabras insustanciales y frívolas, que deberemos rechazar totalmente. No por religiosidad ni pacatería, sino por integridad. No por carencia de sentido del humor, sino por oposición a la grosería llamada humor.

Además, no debemos hablar burlonamente. Cuando el Señor estaba en la cruz, toda clase de personas se burlaban de Él y lo ridiculizaban, diciendo cosas tales como: Si eres hijo de Dios, desciende de la cruz. A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. Descienda ahora de la cruz, y creeremos en él. Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere. Veamos si viene Elías a bajarle. Todo esto es un ejemplo de burla y ridículo en su peor forma. Los que no creen en la segunda venida del Señor dicen, burlonamente: como señala 2 Pedro 3:4: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación. El mundo podrá burlarse y emplear todas las formas del ridículo, pero estas no corresponden a un hijo de Dios.

DUODÉCIMO

Debemos evitar hablar a espaldas de la gente o juzgarla. El que injuria comete un pecado digno de la excomunión. En la primera carta de Pablo a los Corintios, en el capítulo 5 y versos 11 al 13, encontramos esto, mire: Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis. Porque; ¿Qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro? Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros. Esto quiere decir que los hijos de Dios deben cuidarse de pronunciar palabras injuriosas; no deben decir nada de esa naturaleza.

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