Tiempo de Victoria

Habla, que tu Siervo Oye...

Primera pregunta: ¿Usted sabe lo que es un siervo? Un sirviente, un servidor, poco más que un esclavo si es que lo llevamos a la historia bíblica. La Escritura está llena de referencias relacionadas con la calidad de siervos de los que creen.

Ser siervos del Dios Altísimo es importante y gratificante, pero en el fondo de ese servicio, de esa servidumbre, hay un punto de transición. Cuando muere el señor de la casa, los siervos, - Por buenos y fieles que hayan sido -, no heredan. Los que heredan son los hijos.

Las historias de la Biblia sirven. Nos dan modelos y nos educan como creyentes. Por más que sean historias muchas veces relatadas y hasta aprendidas de memoria, siempre contienen el ejemplo de un Dios misericordioso, omnipotente y todopoderoso, pero tienen un límite.

El que marca la revelación presente. El predicador del siglo veintiuno no incursionará ya, en sencillas historias con moralejas éticas. Es el tiempo de la iglesia potenciada y activada y se impone, conforme a la voluntad de Dios, la revelación presente para un mover presente. Para hacer realidad un propósito presente, y para obtener el certificado de una victoria lograda en la cruz dos mil años atrás y a efectivizarse hoy.

La historia de Samuel es suficiente para ver, detrás de lo que se ve a primera lectura, un verdadero compendio de lo que significa para la autoridad y el liderazgo presente, oír, escuchar, entender y obedecer la voz de Dios: Habla Jehová que tu siervo oye…

Un varón de Ramataim de Zofim, del monte de Efraín tenía dos mujeres: Ana y Penina. Penina, que tenía hijos, se burlaba de Ana, que era estéril. El sufrimiento de esta mujer la llevó, un día, a formular un voto secreto a Jehová.

(1 Samuel 1: 11)= E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares a mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida, y no pasará navaja sobre su cabeza.

Esta es Ana, una mujer que es amada y valorada por Elcana, su marido, pero clama por un hijo varón. Y este es su pacto con Dios. Testigo presencial, aunque no auditivo de ese pacto. Es Elí, sacerdote, líder del sistema presente de ese tiempo.

(Verso 12)= Mientras ella oraba largamente delante de Jehová, Elí estaba observando la boca de ella. Pero Ana hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía; y Elí la tuvo por ebria.

Fíjese un detalle. Elí, líder del sistema tradicional, no tenía ni revelación, ni visión ni discernimiento; veía moverse los labios de Ana y ni por las tapas pudo entender que estaba orando. ¿Qué pensó? ¡¡Que estaba borracha!!

Eso ocurre a menudo con el sistema tradicional; al no comprender el mover presente, toman por el atajo de lo humano, de lo natural y pueden, llegado el caso, interpretar el mover del Espíritu con alguna inestabilidad física o emocional que los lleva a llamar a alguna urgencia médica o recurrir a la psiquiatría, con el debido respeto para esa ciencia y para los hombres y mujeres que la ejercen.

(Verso 14)= Entonces le dijo Elí: ¿Hasta cuando estarás ebria? Y Ana le respondió, diciendo: No, señor mío; y soy una mujer atribulada de espíritu; no he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová.

No tengas a tu sierva por una mujer impía; porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción, he hablado hasta ahora. Elí respondió y dijo: ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho. Y ella dijo: halle tu sierva gracia delante de tus ojos. Y se fue la mujer por su camino, y comió, y no estuvo más triste.

La respuesta de Elí de ninguna manera representa una interpretación a una revelación, sino una reacción ante un hecho que no comprende y que evalúa a partir de una óptica totalmente humana. La forma y los dichos con que despide a Ana no indican comprensión ni entendimiento, sino tolerancia y contemporización. Es como decirle: “Muy bien, Ana; está bien, ve y que Dios te ayude”

(Verso 19)= Y levantándose de mañana adoraron delante de Jehová, y volvieron y fueron a su casa en Ramá. Y Elcana se llegó a Ana, y Jehová se acordó de ella.

Hay un punto clave en la historia, aquí, que se debe destacar: dice que Jehová se acordó de ella, es decir que Dios le tuvo en cuenta su petición y comenzó a mover su dimensión sobrenatural para llevarla a lo natural. Le estoy diciendo que de movida, El comienzo del “proyecto Samuel”, tiene propósito eterno. El verso siguiente evidencia el cumplimiento de ese propósito.

(Verso 20)= Aconteció que al cumplirse el tiempo, después de haber concebido Ana, dio a luz un hijo, y le puso por nombre Samuel, (Que quiere decir: “Perteneciente a Dios”) diciendo: por cuanto lo pedí a Jehová.

La historia sigue con Ana dedicada a criar a su pequeño hijo, al que retuvo hasta su destete, es decir hasta el fin del ciclo de amamantamiento. Fue llevado a la presencia del líder, sacerdote, Elí y entregado en consagración a Dios, tal cual el pacto que ella había hecho cuando lo pidió.

El caso es que Samuel es dejado en el templo, donde se le empiezan a enseñar los rudimentos tradicionales de la religión. No aprende espiritualidad, en absoluto. Lo que Samuel aprende allí es todo lo concerniente a los ritos, costumbres y modos de manejar o conducir un culto.

(1 Samuel 2: 18)= Y el joven Samuel ministraba en la presencia de Jehová, vestido de un efod de lino.

¿Se imaginan a Samuel, un niño, ministrando en el templo, con una larga túnica sacerdotal? Muy bien, hoy eso tiene un símbolo paralelo: en algunos sitios de estudio, la antigua estructura tradicional comienza la formación de los jóvenes líderes colocándoles el ropaje que utilizan los antiguos, y la enseñanza, continúa exactamente en los mismos parámetros de aquel tiempo.

(Verso 19)= Y le hacía su madre una túnica pequeña y se la traía cada año, cuando subía con su marido para ofrecer el sacrificio acostumbrado.

Primero: de aquí salta a la vista que Ana veía a su hijo Samuel una vez al año. Segundo: que su lento camino de crecimiento hacia la madurez era evidente porque había que reponerle su túnica que, es obvio, de un año para el otro le quedaba chica.

Un claro síntoma de crecimiento y madurez espiritual es el cambio de estatura, lo que implica un cambio de ropa, es decir: de métodos y de formas. El pueblo de Israel, durante su vagar por el desierto, jamás cambió sus ropas. Es decir que: no creció ni maduró. Pero es interesante conocer, además, en que marco ambiente crecía y maduraba el pequeño Samuel.

(1 Samuel 2: 12)= Los hijos de Elí, (Ofni y Finées), eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová.

Cuidado: no entienda usted de manera torcida ni exagerada. Esto no le está diciendo que los hijos del pastor, del líder, del sistema tradicional iban a un culto umbanda. Lo que le está mostrando es que, a pesar de pasarse todo el tiempo en el templo y se supone que trabajando para la organización religiosa, no conocían a Dios. Por lo tanto, y como no podría ser de otra manera, eran impíos, y además corruptos. Mire el relato que sigue:

(Verso 13)= Y era costumbre de los sacerdotes con el pueblo, que cuando alguno ofrecía sacrificio, venía el criado del sacerdote mientras se cocía la carne, trayendo en su mano un garfio e tres dientes, y lo metía en el perol, en la olla, en el caldero o en la marmita; y todo lo que sacaba el garfio, el sacerdote lo tomaba para sí.

De esta manera hacían con todo israelita que venía a Silo. Asimismo, antes de quemar la grosura, venía el criado del sacerdote y decía al que sacrificaba: da carne que asar para el sacerdote; porque no tomará de ti carne cocida, sino cruda, y si el hombre le respondía: quemen la grosura primero, y después toma tanto como quieras; él respondía: no, sino dámela ahora mismo; de otra manera yo la tomaré por la fuerza. Era, pues, muy grande delante de Jehová el pecado de los jóvenes; porque los hombres menospreciaban las ofrendas de Jehová.

En lo eminentemente histórico y literal, es más que evidente que había, no sólo corrupción generalizada en ese liderazgo tradicional, sino, incluso, pecado; aquí lo dice. El pecado comenzaba en el menosprecio con respecto a la ofrenda, pero no terminaba todo allí. Mira lo que dice luego:

(Verso 22)= Pero Elí era muy viejo; y oía todo lo que sus hijos hacían con todo Israel, y como dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión.

Espere un momento. Corrupción, pecado, palabras feas que suenan un poco fuerte, pero…¿Usted me está diciendo que Ofni, Finees y compañía, líderes de la iglesia; nivel de diáconos, ancianos o como le guste a usted llamarlos, se estaban acostando con las hermanitas encargadas de la limpieza y el cuidado del templo?

¿De eso estamos hablando? ¿De fornicación no incrédula o inconversa, sino religiosa? Es que…¡Claro! Recuerde que en el capítulo 2 y verso 12 dice que a pesar de estar ministrando en la casa del señor, ¡No lo conocían! ¡Dios nos libre de que algo, aunque más no fuera parecido, estuviera ocurriendo en la iglesia contemporánea! ¿Verdad?

Ahora bien; uno supone que Elí, por más viejo, gastado, apático o indiferente que pueda haberse mostrado, no dejaba de ser el líder, el pastor de esa iglesia, el encargado de encarrilar todos los desaguisados y de poner un poco de orden. Sin embargo, mire como sigue…

(Verso 23)= Y les dijo: ¿Por qué hacéis cosas semejantes? Porque yo oigo de todo este pueblo vuestros malos procederes. No, hijos míos, porque no es buena fama lo que yo oigo; pues hacéis pecar al pueblo de Jehová.

Aquí hay un punto que sale de la historia y se proyecta: la debilidad del liderazgo nominal de Elí, la continuación del texto muestra que ni siquiera sus hijos le llevaron el apunte a sus ciertas, pero muy poco convincentes recomendaciones.

Falta de autoridad. Ahora usted se estará preguntando: a esta altura: ¿Qué podía salir del joven Samuel en un ambiente de esa clase? Porque él estaba allí para aprender, par conocer más de Dios, para entrenarse en su servicio…

(Verso 26)= Y el joven Samuel iba creciendo, y era acepto delante de Dios y delante de los hombres.

A esta no se la esperaba, ¿No es cierto? Es hora de sacar la Escritura del cuadrito y del dibujito de aquella vieja y legendaria Escuelita Dominical de principios de siglo, y traerlas a la tipología actual. El líder nacido de arriba, con propósito y por propósito eterno, no se corrompe por el ambiente ni por las presiones humanas, porque responde a un llamamiento celestial, no a una política religiosa. Mire las consecuencias que produce esa diferencia…

(1 Samuel 3: 1)= El joven Samuel ministraba a Jehová en presencia de Elí; (El nuevo liderazgo siempre florece debajo del antiguo) y la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; (Había exposiciones doctrinarias, escriturales y morales, pero no había mensaje divino, ungido) no había visión con frecuencia. (Esta palabra, VISIÓN, implica necesariamente REVELACIÓN).

(Verso 2)= Y aconteció un día, que estando Elí acostado en su aposento, cuando sus ojos comenzaban a oscurecerse de modo que no podía ver, (Noten que el viejo liderazgo, el viejo sistema instituido, va perdiendo visión, va perdiendo revelación. Esto podría tomarse como un atrevimiento interpretativo muy particular de lo que aparentemente no sería más que un síntoma físico de Elí causado por su vejez, si no fuera porque en Deuteronomio 34:7 y en referencia a Moisés, leemos: …era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor. (Salta a la vista que no se trata de vejez, entonces, sino de algo que se desarrolla en el ámbito espiritual).

(Verso 3)= Samuel estaba durmiendo en el templo de Jehová, donde estaba el arca de Dios; y antes que la lámpara de Dios fuese apagada.

Aquí hay una clave fuerte: si Samuel dormía antes que la lámpara se apagara y sabemos que esa lámpara se apagaba durante la noche, es evidente que Samuel estaba durmiendo antes de la noche, en el atardecer. ¿Y que es el atardecer? La transición entre el día y la noche.

Esta es una época de transición en la iglesia, donde se va quedando el viejo liderazgo débil, a veces hasta corrupto, (Que no quiere decir necesariamente en pecado, sino en carnalidad, humanismo y filosofías pseudos científicas), y sin visión, y comienza el activamiento del nuevo liderazgo formado estructuralmente dentro de la misma casa, pero que responde a un llamamiento divino. Ahora mire como sigue:

(Verso 4)= Jehová llamó a Samuel; y él respondió: Heme aquí. Y corriendo luego a Elí, dijo: Heme aquí, ¿Para que me llamaste? Y Elí le dijo: Yo no he llamado; vuelve y acuéstate. Y él se volvió y se acostó.

Está claro: Samuel oyó la voz de Dios, pero no la identificó; creyó que era la voz del sistema establecido, voz de hombre. Esto mismo ocurre una vez más y en el verso siete…

(Verso 7)= Y Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada.

Aquí hay algo muy importante: Samuel había estado desde muy pequeño en el templo “ministrando a Jehová”, pero sin conocerlo; hablando con palabras de Dios, pero sin tener revelación. Haciendo cada una de las cosa que le habían enseñado que tenía que hacer, pero sin tomar contacto directo con el mundo del Espíritu, que es donde mora Dios.

Por lo tanto, lo que hasta allí había hecho Samuel, era aprender, utilizar y hasta maniobrar según las tradiciones previsibles de los hombres de la religión. Muchos líderes actuales están viviendo todavía hoy, en pleno siglo veintiuno, de la misma manera.

(Verso 8)= Jehová, pues, llamó por tercera vez a Samuel. Y él se levantó, y vino a Elí, y dijo: Heme aquí; ¿Para que me has llamado? Entonces entendió Elí que Jehová llamaba al joven.

¡Al fin! ¡Muy lento Elí para entender y creer que la voz de Dios podía ir en búsqueda de un jovencito desconocido y anónimo, pasando por encima de toda la estructura, la organización nominal e institucional y su propia importancia!

Se olvidó, (Y muchos siguen olvidándose hoy) que Dios no unge ni trata con organizaciones, sino con organismos vivientes. Es decir: con hombres y mujeres capaces y dispuestos a obedecer el mandato divino por sobre toda estructura creada por el hombre.

(Verso 9)= Y dijo Elí a Samuel: ve y acuéstate; y si te llamare, dirás: habla Jehová, porque tu siervo oye. Así se fue Samuel, y se acostó en su lugar. Y vino Jehová, y se paró, y llamó como las otras veces: ¡Samuel! ¡Samuel! Entonces Samuel dijo: Habla, porque tu siervo oye…

Hasta aquí llegamos, porque esta es la esencia de este estudio y la Palabra que Dios lleva hoy a su vida. Por si le sirve, si sigue leyendo, se va a enterar que inmediatamente a ese llamado y a esa respuesta, Dios le dice a Samuel, un joven sin títulos ni jerarquías eclesiásticas, que es lo que va a hacer con Israel.

Dios no se fija jamás en quien manda orgánicamente en un lugar. Él revela sus planes a los que Él levanta. A veces hay coincidencias entre una cosa y la otra, a veces no. De todos modos, hay que entender que Dios no viene necesariamente a levantar a los capacitados; dios capacita PERSONALMENTE y SOBRENATURALMENTE a los que va a levantar.

Y si no, mire a Saulo. Sin embargo, para que usted no crea que tiene que ponerle los codos a alguien, pensando sinceramente que esta palabra lo está avalando, tendrá que escudriñarla con más atención. Allí verá que, sin santidad, primero, jamás llegará a ninguna parte, y sin obediencia a la única voz de autoridad, tampoco.

Samuel lo hizo así y un día, Dios lo levantó mientras, al mismo tiempo, Él (Y no Samuel con un grupo de “amigos”), barría con todo lo establecido que ya no obedecía a su propósito. Con todo esto: ¿Estará usted, hoy, en condiciones de decirle a Dios: Habla Señor, que tu siervo oye..

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