Tiempo de Victoria

Rescatados del horno

Hace muy pocos días, oyendo una predicación de un siervo de Dios, fue leído un versículo que yo mismo debo haber oído no menos de doscientas veces en mi vida. Es el que está en la carta a los Romanos 8:19 y que dice: Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios.

Le reitero: muchas veces lo he escuchado y en otras tantas, seguramente, he dicho “¡Amén!” Y lo he creído, pero sólo esta vez me pregunté con bastante seriedad: ¿Qué podrá ser LA MANIFESTACION de los hijos de Dios? Hay un comentarista, por allí, que habla de la redención de toda la creación. Suena lindo, pero es como que no alcanza, ¿entiende? Porque la palabra MANIFESTACION, significa Advenimiento, Aparición, Revelación, Venida y en otros textos tiene que ver con el Señor, con el Espíritu Santo y con el Padre mismo, pero en este pasaje tiene que ver con nosotros, por eso tiene tanto interés. Es nuestro objetivo y muchos ni siquiera le hemos prestado debida atención.

(Daniel 3: 1)= El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia.

Nabucodonosor es el nombre que el Antiguo Testamento da al que era rey de Babilonia entre los años 605 al 562, antes de Cristo. La historia y la propia Biblia dan cuenta de sus innumerables campañas militares. Durante su reinado se erigieron en Babilonia algunas de sus más grandes obras arquitectónicas, construidas en gran parte con materiales y artesanos procedentes de tierras conquistadas, como los judíos. Entre estas obras se destacaban los “jardines colgantes de Babilonia” una de las siete maravillas, de los cuales hoy sólo quedan algunos rastros difícilmente reconocibles.

La estatua, quisiera aclararle, y teniendo en cuenta que un codo medía aproximadamente cuarenta y cinco centímetros, era de veintisiete metros de altura y dos metros con setenta y cinco de ancho, toda de oro, imagínese. Y dicen algunos que gustan de bucear también en la historia secular, que muy bien pudo haber sido una réplica del propio Nabucodonosor o de Bel, que era su ídolo o dios-demonio principal. Y dice también que la erigió en el campo de Dura, que era una llanura al oeste de la provincia babilónica, región de la antigua Caldea.

(2) Y envió el rey Nabucodonosor a que ser reuniesen los sátrapas, los magistrados y capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces y todos los gobernadores de las provincias, para que viniesen a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado.

Hay que entender que esta tenía que ser una reunión protocolar del más alto nivel del imperio. Los sátrapas eran los gobernadores de provincias. Los magistrados, no eran en este caso los jefes en el plano civil de un ministerio de justicia, sino oficiales del imperio. La dedicación de la estatua era una celebración de muchísimo vuelo y significaba una honra en vida para un monarca que muy difícilmente pudiera superarse. Esta, de la que habla nuestro texto, dio comienzo cuando todos los invitados detallados se encontraban de pie ante la estatua. Allí comenzó el pregonero, una especie de locutor oficial del acto, que dijo estas palabras:

(4) Mándase a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas, (5) que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado; (6) y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo.

¡Una verdadera pintura de la simpatía y la consideración el discurso previo! De más está decirle que los pueblos, ni bien oyeron la primera bocina, fueron y se tiraron de cabeza para adorar la mencionada estatua. Hoy, claro está, no hay ni bocinas, ni salterios, ni zampoñas ni panderos, pero hay medios de comunicación que no sólo proponen o sugieren cosas al pueblo, sino que prácticamente se las imponen con la misma fuerza arrolladora de Nabucodonosor, aunque en este caso se llame: Consumismo. ¿Y qué hace el pueblo? Pues lo mismo que hizo aquel: adorar la estatua, el ídolo o el dios que le impongan. No sea que tengan que quedarse fuera del sistema, que vendría a ser el equivalente moderno a ser echados en el horno de fuego. Pero es aquí, justo aquí, donde comienza otra historia. La historia que, le puedo decir, es la que realmente nos interesa. Porque no sólo representa un punto de celebración para una historia literal ocurrida en la antigüedad, sino que simboliza una victoria que todavía puede ser apropiada por el auténtico pueblo de Dios.

(Verso 8)= Por esto (Es decir: por este asunto del ídolo de Nabucodonosor) en aquel tiempo algunos varones caldeos vinieron y acusaron maliciosamente a los judíos.

(9) Hablaron y dijeron al rey Nabucodonosor: Rey, para siempre vive.
(10) Tú, oh rey, has dado una ley que todo hombre, al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, se postre y adore la estatua de oro; (11) y el que no se postre y adore, sea echado dentro de un horno de fuego ardiendo.

(12) Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado, no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado.

¡Pastor!: ¡Vive para siempre! ¡Pastorea por muchos años esta congregación! Tú has emitido una ordenanza que dice que todo hombre que lidere algo aquí tiene que darle absoluta prioridad a lo que dice la doctrina de nuestra denominación, independientemente de que se lo entienda o no. Pero sabemos que hay un hombrecillo por allí que tú mismo levantaste y pusiste sobre los negocios de esta iglesia, que no te ha respetado y ni ha respetado tu ordenanza, y que según como lee su Biblia, se atreve a discutir algunos mandatos históricos de nuestra denominación... ¿Suena parecido, verdad?

En primer término, habrá que señalar que este Sadrac, se llamó en realidad, antes, Ananías. Y el significado de este nombre, que en el griego es la palabra JANANYA, usted lo sabe, es: “Jehová le ha favorecido”. De Mesac, prácticamente no hay demasiada referencia, pero de Abed-nego, dice que era el nombre babilonio y posterior de un tal Azarías, cuyo significado es “El Señor ha ayudado”. Si quiere, le regalo a Mesac del cual no tengo demasiados datos, pero con los de Sadrac y Abed-nego me sobra: “Jehová le ha favorecido” y “El Señor le ha ayudado”.

Más adelante se va a dar cuenta usted que la cuestión de los nombres, no es simplemente una cuestión de elección, buen gusto o deseos de quedar bien con algún familiar. Todavía son muchos los cristianos que, a la llegada de un hijo, toman su Biblia y eligen, de la sarta de nombres que hay en las interminables genealogías, el que más les gusta o, en todo caso, el que mejor juego, métrica o rima haga con el apellido. Si en algo tengo que dar gracias a Dios de que mis padres no hayan leído demasiado la Biblia, fue que muy bien pude haberme llamado “Abed-nego Martínez”, ¿Se imagina?

El caso es, y fuera ya de toda broma, que muchos reciben nombres que son verdaderos estigmas de por vida, si es que antes no los rechazan y crucifican en el nombre de Jesús. Balaam que significa “Glotón”, Balac, que es “Devastador” o Mara, que es “Amargura” son algunos ejemplos inscriptos en los registros civiles de los pueblos. No digo que no se los pueda utilizar, todo nos es lícito. Digo que hay que rechazar sus estigmas espirituales, sus ligaduras hereditarias, genéticas o raciales.

(13) Entonces Nabucodonosor dijo con ira y con enojo que trajesen a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Y al instante fueron traídos estos varones delante del rey.

Esto le da la idea clara de cómo funcionaba la corte de Nabucodonosor. Alguien vino, abrió la boca, lanzó una acusación y, el rey, inmediatamente decidió investigar frente a frente con los acusados. Bien el rey, pero habrá que tener en cuenta que los acusadores, sabían muy bien de lo que estaban hablando. Además, aquí no hubo que someter a votación lo que se haría. Nabucodonosor dijo “¡Tráinganlos!” Y en menos que canta un gallo, los muchachos fueron traídos allí.

(14) Habló Nabucodonosor y les dijo: ¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, que vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado?

Hay que reconocerlo: Nabucodonosor tenía sentido de la equidad y la justicia. Él no quiso dejarse llevar por lo que le habían contado, quiso oírlo de boca de los propios acusados. Incluso, si estos hubieran sido oportunistas, les hubiera dado la oportunidad de negarlo y de continuar gozando de la posición y los privilegios que indudablemente tenían en el trato de los negocios de Babilonia. Imagine la misma escena que le estoy describiendo llevada al hoy, y examínese a ver qué actitud tomaría usted ante el pastor fiel y sincero deseoso de saber si verdaderamente usted ha renegado de la doctrina de su denominación que por años ha sido rectora de esa congregación.

(15) Ahora, pues, ¿Estáis dispuestos para que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo: ¿Y qué dios será aquel que os libre de mis manos?

Aquí está la confrontación. Aquí está la disyuntiva, la hora de la gran decisión. ¿Acepta usted las reglas del rey y continúa gozando de su confianza, de su posición y del respeto del pueblo, o se juega por su convicción, rechaza las reglas del sistema y elige ir al horno donde se habrá de incinerar para todo el resto de su viaje terrenal? ¡Qué problema, no? Nabucodonosor da por sentado esto. Él no puede ni podría entender ni plantearse jamás que las cosas salieran de otro modo que aquel que él había decidido.

En el libro del profeta Isaías hay una historia que habla de un desafío que Senaquerib hace a Dios. En el verso 18 del capítulo 36, leemos: Mirad que no os engañe Ezequías diciendo: Jehová nos librará. ¿Acaso libraron los dioses de las naciones cada uno su tierra de la mano del rey de Asiria? (19) ¿Dónde está el dios de Hamat y de Arfad? ¿Dónde está el dios de Sefarvaim? ¿Libraron a Samaria de mi mano? (20) ¿Qué dios hay entre los dioses de estas tierras que haya librado su tierra de mi mano, para que Jehová libre de mi mano a Jerusalén?

(16) Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: No es necesario que te respondamos sobre este asunto.

(17) He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará.

(18) Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.

¿No le dan deseos de ovacionar, de aclamar, de vivar, de aplaudir a Sadrac, Mesac y Abed-nego por su declaración de fe? Claro; eso porque usted lo está leyendo cómodamente en su casa o en algún otro sitio confortable. Pero lo quisiera ver a usted, o a mí mismo, lo confieso, en una situación parecida. ¿LA estatua o el horno? ¿LA doctrina o la marginación exonerada? ¿Podremos decir, como ellos, “nuestro Dios nos va a librar?

Es indudable que el firme rechazo de los hebreos a postrarse ante la imagen ofrece un ejemplo inspirador para todos los creyentes. Satanás, como el dios de este siglo, asume muchas apariencias a través de las cuales busca intimidar y seducir a los creyentes para que se postren ante el espíritu del mundo. Jesucristo se levanta como el máximo ejemplo de resistencia sin concesiones frente a las astutas tácticas del adversario que puede llegar a utilizar a todo el que esté vulnerable a sus sugerencias. Sea quien sea y tenga el nivel que tenga, religioso o familiar, le da lo mismo.

Es indudable que debemos rechazar comprometer nuestras convicciones y unirnos a “la mayoría”, tanto para hacer el mal como para adorar a falsos dioses. Claro; a nadie se le podría filtrar la idea de arrojarse de cabeza ante una estatua, eso es verdad, pero el problema es que los falsos dioses, representados en este texto por una estatua de casi treinta metros de altura, se encuentran en el mundo de este año dos mil tres, bajo aspectos muy diferentes. Poder, fama, prestigio, status, son algunos de esos dioses que pululan por el mundo, pero que también fastidian bastante adentro de las congregaciones de la mismísima iglesia del Señor.

¿Qué hacer? Esa es la duda de una enorme cantidad de creyentes. La eclesiología, materia que se da en nuestros seminarios e institutos, probablemente tendrá alguna respuesta creíble, lógica, atinada y conveniente. Pero la única respuesta que los hijos de Dios tienen como posible, es la que vamos a leer, fuera de toda historia literal y antigua, ahora:

(Verso 19)= Entonces Nabucodonosor se llenó de ira, y se demudó el aspecto de su rostro contra Sadrac, Mesac y Abed-nego, y ordenó que el horno se calentase siete veces más de lo acostumbrado. (Me pregunto para qué gastar más combustible si estaba tan seguro que se iban a achicharrar en el horno. ¿O es que no estaba, el rey, tan seguro que así fuera?)

(20) Y mandó a hombres muy vigorosos que tenía en su ejército, que atasen a Sadrac, Mesac y Abed-nego, para echarlos al horno de fuego ardiendo. (Como suelen decir mis hermanos mexicanos: ¡Mírelo! ¡Mírelo! ¿Para qué atarlos si el horno estaba más allá del máximo de su temperatura? ¿Es que tendría miedo Nabucodonosor? ¿Tendrá miedo el líder que ha decidido hacer callar la boca del supuestamente desobediente y rebelde? ¿Temerá, quizás, que esa boca esté hablando, realmente, palabras de Dios?)

(21) Entonces estos varones fueron atados con sus mantos, sus calzas, sus turbantes y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo.

(22) Y como la orden del rey era apremiante, y lo habían calentado mucho, la llama de fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrac, Mesac y Abed-nego.

Esto le está diciendo a usted que los primeros que se prendieron fuego, de tan caliente que estaba el horno, fueron los propios verdugos, los que tenían la tarea de arrojar a estos tres al horno. ¿Será muy descabellado tomar este episodio, como un principio espiritual de lo que significa la justicia de Dios por sobre la de los hombres? Si piensa que no se puede, mucho me temo que está usted a la sombra de la estatua de Nabucodonosor. Si piensa que sí se puede, entonces cuídese de estar al lado de los hijos de Dios y no de la corte aduladora de Nabucodonosor.

(23) Y estos tres varones, Sadrac, Mesac y Abed-nego, cayeron atados dentro del horno de fuego ardiendo.

(24) Entonces el rey Nabucodonosor se espantó y se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo: ¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey.

(25) Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses.

En el libro del profeta Isaías 43:1, leemos: Ahora, así dice Jehová, creador tuyo, oh Jacob, y formador tuyo, oh Israel: (¿Quién lo está diciendo? Jehová, Dios mismo) no temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. (2) Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. (3) Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador, a Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y a Seba por ti.

De alguna manera, Dios le habló a Ciro, aquí, prometiéndole amplias regiones en Africa a cambio de su contribución a la restauración de Jerusalén. Eso es lo natural, lo literal, lo histórico. Pero el principio espiritual que conlleva este texto es tan pero tan evidente que ni el más humanista de los creyentes puede dejarlo de lado. Y mucho más cuando vemos su efecto en la aventura de los tres muchachos de Babilonia.

Esta de los versos 23 al 25 es una dramática ilustración de la presencia y protección del Señor junto a la gente que sufre por su testimonio. El cuarto hombre es lo que en términos académicos en teología, se denominaría como una CROSTOFANIA, es decir: una manifestación del Mesías preencarnado. Nabucodonosor es quien lo reconoce de este modo. En su limitada interpretación divina pero experimentada en idolatrías, estima que ese cuarto hombre es como semejante a hijo de los dioses.

(26) Entonces Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno de fuego ardiendo, y dijo: Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid. Entonces Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron de en medio del fuego.

(27) Y se juntaron los sátrapas, los gobernadores, los capitanes y los consejeros del rey, para mirar a estos varones, cómo el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aún el cabello de sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor a fuego tenían.

Aquí está la evidencia de lo que dice el Señor a Ciro que tomamos como principio desde el libro de Isaías. Ni siquiera olor a humo en su ropa. ¿Cómo puede hacerse esto? ¡Es imposible! Para Dios no hay nada imposible. ¿Eso ya fue? Muchos parecerían desempeñarse como si así fuera, pero la Biblia no dice eso. Dice que Dios es el mismo ayer, hoy y siempre.

En la carta a los Hebreos 11:32-34, dice: ¿Y qué mas digo? Porque el tiempo me faltaría contando de Gedeón, de Barac, de Sansón, de Jefté, de David, así como de Samuel y de los profetas; (33) que por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, (34) apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros.

Yo no sé si a esta altura usted ya está viendo lo que yo vi cuando encaré este estudio. De este último texto, se desprende que; por la fe, se puede hasta apagar fuegos impetuosos. Pero sin embargo el fuego del horno de Nabucodonosor no se apagó; sólo que no tocó a los tres. ¿Fue por fe? Seguro. Ellos dijeron, sin verlo, que Dios los rescataría de ese horno. Y eso, exactamente, fue lo que ocurrió.

(28) Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel (Esto es: su mensajero) y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios.

Queda total y absolutamente claro: Nabucodonosor no inventa excusas ni analiza intelectualmente la situación. Directa y sencillamente, reconoce que en la salvación de estos tres, está la mano visible de lo que él llama “el Dios de ellos”. ¿Yo exagero y veo cosas donde no las hay, o esta es una verdadera e inapelable manifestación de los hijos de Dios, cosa que, dice la Palabra, el mundo, la creación toda, espera que se produzca para decidirse a creer? Los versos 29 y 30 parecen confirmar lo que le estoy diciendo, mire:

(29) Por lo tanto, decreto que todo el pueblo, nación o lengua que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, sea descuartizado, y su casa convertida en muladar; por cuando no hay dios que pueda librar como éste.

Nabucodonosor otorga su favor a los tres jóvenes hebreos. Es un maravilloso ejemplo de cómo las bendiciones de Dios propician el favor de los hombres. Porque no sólo fueron librados del horno y la muerte por incineración, sino que encima, Nabucodonosor creyó y con él muchos de su corte, y además los engrandeció en sus respectivas funciones.

(30) Entonces el rey engrandeció a Sadrac, Mesac y Abed-nego en la provincia de Babilonia.

La manifestación de los hijos de Dios que aguarda el mundo, es ser rescatados del horno a la vista de todos los incrédulos, ateos, agnósticos, escépticos y hasta satanistas que pululan por allí. ¿Es posible? ¡Claro que es posible! Sólo hay un problema: debemos vivir de modo que si o sí tengamos que entrar al horno. Ni modo de que Dios nos libre para la gloria de su nombre de un lugar al que nos resistimos a ir sencillamente por fe o por no negociar con el mundo pagano de Nabucodonosor.

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