Palabra de Hoy: 04/02/2012
Job 1: 18-19 = No había terminado de hablar este mensajero cuando todavía otro llegó y dijo: Los hijos y las hijas de usted estaban celebrando un banquete en casa del mayor de todos ellos cuando, de pronto, un fuerte viento del desierto dio contra la casa y derribó sus cuatro esquinas. ¡Y la casa cayó sobre los jóvenes, y todos murieron! ¡Sólo yo pude escapar, y ahora vengo a contárselo!
A lo largo de toda la historia de Job, nadie que la lea puede menos que preguntarse, aunque más no sea en un reflexivo silencio, qué hubiera hecho cada uno ante circunstancias así. ¿Cuántos de los llamados cristianos hubiera soportado lo que Job soportó y esperar con confianza que su Dios lo protegiera? ¿No sueles atender, hermano pastor o líder, a decenas, centenares o miles de hermanos que diariamente vienen a contarte padecimientos que, al lado de este que vive Job, es poco menos que una mini-aventura? ¿Y qué les aconsejas? Normalmente, que tengan paciencia, fe, confianza y esperanza, ¿No es cierto? ¿Y qué respuesta sueles tener de toda esa gente sufriente? Escepticismo, desconfianza, descreimiento y frustración, ya que esperaban que les pusieras una mano en la cabeza y todos sus problemas desaparecieran mágicamente. Job es escuela, ¿Quién se atreve a estudiar en ella?