02/08/2012
Hechos 3: 11-12 = Mientras el hombre seguía aferrado a Pedro y a Juan, toda la gente, que no salía de su asombro, corrió hacia ellos al lugar conocido como Pórtico de Salomón. Al ver esto, Pedro les dijo: pueblo de Israel, ¿Por qué les sorprende lo que ha pasado? ¿Por qué nos miran como si, por nuestro propio poder o virtud, hubiéramos hecho caminar a este hombre?
A la escena te la puedes imaginar tranquilamente. Un hombre harapiento, vagabundo, paralítico de toda la vida, casi formando parte de un decorado diario en ese templo. Un hombre con el que todos los “creyentes” se cruzaban diariamente en su paso hacia el templo. Un hombre que la única atención que podía despertarles era la de emitir algún sonido, ya que moverse no podía, que fuera capaz de desviarles la atención y proporcionarle una limosna. Ese hombre, hoy, ha sido visitado por otros dos hombres no menos vulgares que él y, de improviso, ha sido sanado de su parálisis y se ha puesto de pie caminando normalmente. ¿A quién querían Pedro y Juan que mirara esa gente, sino a ellos, adjudicándoles el poder de sanar a un enfermo? Si todavía hoy, en muchas de nuestras iglesias, cuando hay un caso de sanidad milagrosa, la gente sigue mirando al gestor y no al autor.